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Siempre es mejor leerse el libro que ver la adaptación cinematográfica. ¿Cuántas veces hemos oído y pensado eso? Pero claro, cuando desde muy pequeña has visto mucho cine, y sobre todo mucho cine negro, ¿cómo lo arreglas? Pues no puedes. Da igual cómo Chandler me venda a Marlowe. En mi cabeza siempre será Bogart. Será uno de esos personajes que en mi imaginario personal tienen cara, voz, andares, expresiones y miradas muy definidas. Porque no es que haya visto El sueño eterno una, ni dos, ni tres veces, sino decenas.

 

Pero vamos con el libro. Marlowe es uno de los mejores detectives de la historia de la novela negra. No lo digo yo, sino los entendidos. Junto con Sherlock, es el mejor. Y es que Chandler era un mago de la pluma. No es por desmerecer a Hammett, pero la forma de construir escenarios y diálogos de Chandler no tiene parangón. Es más, si como yo llegas tarde a este tipo de libros, tras haber leído unas cuantas novelas negras más actuales, te recordará a decenas de diálogos y situaciones de novelas posteriores. Y es que es uno de los padres de la Novela Negra. Sí, con mayúsculas. Uno de los padres de la literatura de género, de la de verdad, de esa a la que muchos quieren llegar pero no pueden.

 

Marlowe es un tipo que es imposible que te caiga mal. No sólo es sarcástico en sus diálogos, con respuestas geniales para todo tipo de circunstancias, sino que es un defensor de la justicia. Su objetivo es resolver las sombras de los casos, no sólo resolver aquello por lo que se le ha contratado: si hay algo oculto, no para hasta dar con ello. En El sueño eterno es contratado por el señor Sternwood, un anciano con dos hijas muy revoltosas y sobre todo muy caprichosas: Vivian y Carmen. Carmen no deja de meterse en líos, y su padre ha de solucionarlos. En este caso, contrata a Marlowe por un tema de chantaje. Y no es la primera vez. Este patrón se heredará durante décadas en las novelas negras: los ricos son los malos y los pobres son consecuencia de su entorno.

 

En el primer capítulo Marlowe ya se nos presenta. Un recurso genial: el libro está narrado en primera persona por el propio detective, y así sabemos quién nos está contando la historia:

 

“Tengo treinta y tres años, fui a la universidad una temporada y todavía sé hablar inglés si alguien me lo pide, cosa que no sucede con mucha frecuencia en mi oficio. Trabajé en una ocasión como investigador para el señor Wilde, el fiscal del distrito. Su investigador jefe, un individuo llamado Bernie Ohls, me llamó y me dijo que quería usted verme. Sigo soltero porque no me gustan las mujeres de los policías. [..] Me despidieron. Por insubordinación. Consigo notas muy altas en materia de insubordinación, mi general”

 

Toda una declaración de intenciones.

A lo largo de la trama, veremos cómo Marlowe hace un buen uso de su insubordinación y su verborrea. Destacaría dos puntos de El sueño eterno. Uno, los brillantes diálogos, para releer decenas de veces y subrayar. El otro, la complejidad de las tramas. Es imposible no perderse, pero no te transmite sensación de caos, sino de complejidad, de historias elaboradas, en las que te dejas llevar. (Hasta tal punto enreversa el asunto, que cuando estaban elaborando el guión de la adaptación de El sueño eterno, llamaron a Chandler para que les aclarase quién había asesinado a uno de los personajes que mueren en la novela. Tras repasarla, ni el propio Chandler lo sabía, la policía dio otra explicación diferente a asesinato para cerrar el caso) Los personajes son otro de los fuertes de Chandler. No tan sólo el propio Marlowe como aquellos que le rodean, aunque está claro que es él a quien apuntan todos los focos.

 

 

Respecto a la adaptación cinematográfica, solo tengo que pronunciar 4 nombres; Humphrey Bogart, Lauren Bacall, Howard Hawks y William Faulkner. Los dos protagonistas, el director y uno de los guionistas principales. Y sí, habéis leído bien, William Faulkner. La adaptación es exquisita, muy muy fiel, con alguna libertad que en el momento era necesaria: no podían mostrar desnudos, y el “engordamiento” de la parte amorosa era imprescindible para el cine de la época. Que no se pudieran ver largos besos en pantalla no significaba que no tuviera que haber tensión sexual. De hecho, hay una conversación entre Bacall y Bogart sobre apuestas de caballos que tuvo que levantar la lívido de más de uno.

 

A pesar de ser de 1949 y que hubieran pasado unos cuantos años de la aparición del sonido en el cine, se ve una clara influencia del cine mudo: los primeros planos de buzones, cheques y puertas al estilo de las cartelas del cine mudo; tramas en que no es necesario pronunciar una palabra y en la que no se introduce banda sonora, para potenciar el dramatismo, contando sólo con el sonido ambiente de pisadas y puertas. Como buen cine negro, el uso de las sombras es brillante. No es la típica película oscura, en la que apenas distingues a los personajes, pero los callejones y y sombras tras los cristales están perfectamente ubicadas y conseguidas. Y la lluvia, que en comienzo de la película se convierte en un personaje más.

 

La magia de Bogart y Bacall está más que explotada. Ya llevaban un año casados y locamente enamorados, y eso se transmite en las miradas, en las sonrisas, en la química… Hasta yo me habría enamorado de Lauren Bacall si me hubiese mirado así a mi. Bogart consigue adaptar el personaje a su piel de tal forma, que en mi caso no me lo he sacado de la cabeza mientras leía el libro. Y eso que no daba el perfil: era demasiado mayor y demasiado bajito para el papel, y su vocalización nunca fue destacada. Pero tiene tal presencia en pantalla, que sabe explicar con sus gestos cuestiones que en el libro necesita párrafos: su sentido del honor, el desprecio de la violencia si no es absolutamente necesario, el poco gusto por las armas, la lealtad… Tenía algo, algo que te enamora del personaje en cuanto le ves actuar. Ese típico tipo duro, que por dentro es más tierno que un peluche.

 

Sé que a muchos os asusta u os tira para atrás el cine en blanco y negro, pero de verdad que no sabéis lo que os estáis perdiendo. Y lo mismo con los clásicos del género. Los clásicos lo son por algo, porque son brillantes y porque han sentado las bases de todo lo que leemos y vemos en el cine. Así que todos a la biblioteca a por el libro, la película o mejor aún, las dos cosas.