William Henry Davies nació en Newport, Gales, en 1871. Nació en una taberna llamada La Casa de la Iglesia y sus orígenes fueron humildes. Desde muy pequeño mostró unos fuertes deseos de sentirse libre, entre visitas a la iglesia y al colegio, por lo que empezó a trabajar a muy corta edad. Tras varios años soñando con cruzar el Atlántico finalmente lo consiguió a los 22 años. Este viaje fue tan solo el inicio de 5 años vagando y recorriendo EE.UU. y Canadá.

 

Estamos a finales del s. XIX y al parecer mendigar y vagabundear era algo bastante común. No olvidemos que la masa de inmigrantes en estos años fue abundante y no eran tantos los que lograban un trabajo a su llegada al nuevo mundo. En cualquier caso, Davies no mostró un especial interés en asentarse y lograr un trabajo digno, sino que rápidamente se comenzó a relacionar con vagabundos cuya intención era disfrutar la vida y sobrevivir a base de caridad.

 

Y por lo que nos narra Davies, no debía ser algo tan complicado. Muchos eran los dispuestos a dar limosna, a ofrecer alojamiento o a proporcionar comida a quien lo solicitasen. Bien es cierto que trataban de dormir en lugares abandonados o en pensiones baratas, pero la gente parece ser que era bastante generosa.

 

Quizá lo más remarcable de esta novela tan especial sea la narración en primera persona de la forma de vida y de pensar de la época. Viajar como polizón en los trenes era bastante habitual, pero un deporte de riesgo, ya que en muchas ocasiones era imposible colarse dentro y el viaje debía hacerse en los techos o en los enganches los vagones con serios equilibrios para no caerse.

 

También nos narrará las condiciones tan precarias que había laboralmente, previamente a la existencia de los sindicatos o de algún tipo de organización que velase por los empleados. En el mar no eran pocos los que salían pero algunos nunca regresaban. Y curiosamente no caían por la borda hasta que no estaba la faena terminada, lo que a más de uno le hacía sospechar de que fuese cosa del patrón del barco para ahorrarse los salarios. También existían otras empresas en que no estaba definida la fecha de cobro, aunque afortunadamente los comercios o pensiones aceptaban adelantar sus productos o servicios a los trabajadores. Por desgracia, algunos no llegaron a cobrar nunca por declararse en quiebra la empresa antes de realizar todos esos pagos pendientes.

 

Otro de los aspectos que se tocan en la novela es el de la corrupción. Un vagabundo podía llegar a pasar todo el invierno cómodamente en la cárcel pudiendo entrar y salir a su antojo. No era para menos: el jefe de policía recibía un dólar por cada detención, el juez tres o cuatro por cada condena y el alcaide un dólar diario por preso. Todos los miembros de la cadena obtenían beneficio y los vagabundos obtenían cama y comida caliente para una buena temporada. Eso sí, a costa de los honrados ciudadanos que debían costear todo esto.

 

Uno de los lugares donde un vagabundo podía resguardarse durante algunas horas del frío y la lluvia eran las bibliotecas. Y cada vez que Davies pisaba una no podía dejar de pensar en que a pesar de los lugares visitados y la gente conocida, su mente se estaba adormeciendo por falta de actividad intelectual. Siempre que le era posible reservaba algunas monedas para poder comprar libros, especialmente si tenía algún largo viaje por delante. Su carácter de nómada no le permitía cultivar demasiado su cultura, en cuanto tenía ocasión asistía al teatro o se escapaba a la biblioteca más cercana para leer.

 

Cuando decidió regresar a Inglaterra tenía ya claro que quería dedicarse a escribir, pero no fue una tarea fácil, ya que en aquel momento si carecías de contactos la única opción era la autopublicación: enviabas tus textos a una imprenta, les pagabas por un número de copias, y debías ser tú quien las distribuyese entre críticos y periodistas. El precio por esas copias no era tan accesible como Davies había soñado, y tuvo que pasar largos meses como vendedor ambulante para poder ganar lo justo para ir tirando.

 

A pesar de no ser una época fácil de su vida, nunca se rindió convencido de su talento. Y no estaba tan desencaminado ya que hoy en día es un reconocido poeta y novelista. Son muchos que afirman que su estilo no era especialmente brillante, pero sí la forma que tenía de expresarse y de emocionar con sus temas. Al final todos esos años de ciudad en ciudad no cayeron en saco roto, ya que el retorno a la naturaleza y las maravillas de la vida en el campo fueron dos de sus temas más recurrentes.

 

Autobiografía de un súper vagabundo es una obra peculiar e irregular. No todos los capítulos resultan igual de interesantes en función de lo que le aconteciese en cada uno de los lugares. Pero en cualquier modo es un espejo de la época que precisamente por no haber sido concebido como tal, resulta sumamente interesante e ilustrativo.

 

Y por lo que nos narra Davies, no debía ser algo tan complicado. Muchos eran los dispuestos a dar limosna, a ofrecer alojamiento o a proporcionar comida a quien lo solicitasen. Bien es cierto que trataban de dormir en lugares abandonados o en pensiones baratas, pero la gente parece ser que era bastante generosa.

 

 

Título: Autobiografía de un súper vagabundo (The Autobiography of a Super-Tramp)
Autor: William Henry Davies
Traductor: Susana Prieto Mori.
Editorial: Defausta (2016)
Año de publicación: 1908.
ISBN: 9788494502903
Páginas: 256.
Precio: 18,50€.

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