En casa de mis padres apenas había libros. Recuerdo que desde siempre había una colección con una encuadernación muy lujosa de los ganadores del Premio Planeta, tres tomos enormes de la Biblia, una enciclopedia que mi padre recopiló fascículo a fascículo (y que leyó entera mientras recopilaba los fascículos durante años), y alguna que otra cosa más desperdigada. En cuanto a libros infantiles, gracias a la pasión de uno de mis hermanos por el cómic sí que teníamos todos los del Capitán Trueno, pero eran intocables para las manos pringosas de una niña pequeña. Algún cómic más había de Zipi y Zape, de Mortadelo y Filemón, de Carpanta (que era mi preferido) e incluso más tarde llegaron un par de ellos de Mickey y Donald. Mis padres apenas fueron a la escuela, y aunque saben leer y escribir, en aquellos años poco más que el periódico veía leer en mi casa. Ni a mis padres ni a mis hermanos.

 

No había cuentos ni libros infantiles. Ni falta que hacía. Mi padre siempre ha sido un cuentacuentos maravilloso. Nunca me leyeron cuentos al ir a dormir, pero mi padre me hacía relatar con él decenas de historias populares cuando dormíamos juntos la siesta los domingos. «¿Y qué hizo el lobo cuando los cerditos se encerraron en la casa de ladrillo?». «¿Qué le decía la cabritilla al lobo cuando llamaba a la puerta?» Una forma maravillosa para aleccionarme a que no abriese la puerta a extraños cuando tenía que quedarme algún rato sola.

 

Algunos años después llegó el Círculo de Lectores a nuestra casa. Con ellos llegaron los clásicos que fueron llenando un poco más esas estanterías colmadas de fotografías y recuerdos de bodas y bautizos. El Quijote, el Lazarillo, el Cantar de Mío Cid, la Celestina, el Cantar de Roldán… Algún libro más había en casa, pero aparte de lo atractivo de las ediciones, nada más me atraía de esos libros: el castellano antiguo me sonaba aún demasiado incomprensible.

 

Sin embargo hubo un día mágico, un día de Reyes que cambió mi forma de ver los libros. Mi madrina aquel año dejó aparcadas las muñecas y los juguetes infantiles por dos libros: La tribu perdida y Patrulla espacial, entregas 24 y 25 de la colección «Elige tu propia aventura». Y no es que tenga una memoria portentosa, es que tengo esos dos libros justo en mis manos ahora mismo. Porque, por supuesto, los conservo.

 

El día que abrí aquel regalo, no solo desempaqueté dos montones de hojas, sino también una ventana. Descubrí que un libro podía ser algo más que conocimiento, que podía haber emoción, aventura, divertimento. Y lo descubrí del mejor modo posible para una niña: jugando. Tenía una libreta en la que iba apuntando las diferentes páginas que escogía a medida que los leía, y remarcaba aquellos finales que más me habían gustado para releerlo, los que más me habían emocionado, o los que más me habían decepcionado por haber escogido mal. Releí esos dos libros cientos de veces, pero aún así están en perfecto estado.

 

Por supuesto quería más, ansiaba más aventuras como las que me descubrieron aquellos dos libros, pero no había demasiado presupuesto para ocio en casa. En ese momento surgió mi culto al libro como objeto. La sección de librería de las grandes superficies no siempre es tan mala como puede parecer. Cuando íbamos a visitar a mi abuela a las afueras de la ciudad, aprovechábamos el paseo para ir a un hipermercado, el primero que tuvimos en León. Mientras mi madre recorría sus pasillos seleccionando artículos que no encontrábamos en la tienda del barrio, yo me quedaba en la sección de libros, admirando los tomos, la textura de las encuadernaciones, los colores de sus portadas. Descubrí que había más mundo fuera de los pocos libros que yo conocía, que había libros ilustrados que no tenían por qué ser cómics, y que existía todo un mundo para todos los rangos de edades. Siempre ansiaba que me comprasen uno… pero nunca pudo ser.

 

Tiempo después descubrí que existían las bibliotecas más allá de la que teníamos en clase (de la cual, cada año me pedía ser la responsable. Ya de aquella tenía alma de bibliotecaria). El sacarme el carnet de la biblioteca fue mi primer acto ilegal en la vida: mi hermana y yo falsificamos la firma de mi madre para no tener que volver otro día a entregar el impreso de solicitud. Fuimos solas, y así siguió siendo el resto de mi vida. Ese ritual se convirtió en un gesto de madurez para mí: poder ir sola hasta allí (o con mi hermana, pero siempre sin adultos), seleccionar yo misma mis propias lecturas, responsabilizarme de aquellos libros que me llevaba a casa, tener que devolverlos en fecha para no tener sanción… Ya de aquella me encantaba pasarme horas escogiendo un libro que llevarme, recorrer una y otra vez cada una de las estanterías, admirar las portadas, memorizar los títulos.

 

Aún recuerdo como si fuese hoy el día en que un bibliotecario me dijo que ya sobrepasaba la edad para sacar libros de la sala infantil y que debía pasar a la de adultos. Nunca me molesté en comprobar si era cierto o si su intención era la de darme un empujoncito hacia libros más maduros. Pero pasé años sin atreverme a pisar la sala infantil, convencida de que no podía sacar libros de allí en préstamo. Aquel día entré en una sala colmada de estanterías mucho más altas, de libros mucho menos coloridos y de gente mucho más seria. No sabía ni por dónde empezar a buscar, todo aquello era nuevo para mí. Había libros de cocina, de jardinería, de religión, de medicina… Y novelas, muchas novelas.

 

No recuerdo cuál fue el primer libro que escogí allí. Sí sé que allí descubrí a Edgar Allan Poe, a Gustavo Adolfo Bécquer, los libros de teatro, a Agatha Christie, a Sherlock Holmes, a Umberto Eco, las biografías de personajes ilustres, a Christian Jacq, El largo adiós, a Boris Vian, la poesía, Misery, a Wilt … Todo sin orden ni concierto.

 

Con los años me tocó intercambiar las lecturas obligatorias con las lecturas de placer. También así descubrí cuán placentera puede ser una lectura obligatoria si quien te la obliga a leer sabe infundir amor y pasión a ese libro. Descubrí que puedes presentarte a un concurso de relatos y quedar tercera, llevándote como premio un libro. Descubrí cuánto puedes aprender y disfrutar de un ensayo. Descubrí que me encantaba tomar notas de todo aquello que leía; hacer listas de libros que quería leer y de los que ya había leído; la satisfacción que me proporcionaba seleccionar y comprar un libro para leerlo y poseerlo como un objeto precioso; cuánto puedes llegar a desconectar de tu día a día, cómo de grande puede ser la satisfacción de perderse unas cuantas horas entre las páginas de un libro.

 

He sido una lectora muy irregular durante años, con largas temporadas de sequía lectora y otras de voracidad por todo lo que tenía delante. Por eso entiendo que haya gente que prefiera otras actividades a la lectura, que la vayan relegando y aparcando por pereza o inapetencia. Pero es cierto que siempre he vuelto, de un modo o de otro. Mi racha lectora lleva años con una salud envidiable. Quizá no para los que leeréis esto y leéis muchos más libros que yo, pero sí es envidiable para mí, para esa personita que se hizo a sí misma como lectora, que fue descubriendo determinadas cosas en momentos precisos para llegar aquí a contaros esto. Por ello estoy convencida de que nunca es tarde, que algunos arrancan con 2 años, otros con 30 y otros con 70. Pero se puede empezar en cualquier momento, descubrir un libro que te sobrecoja el alma, una historia que te emocione, que te haga sonreír o disfrutar.

 

Por ello, hoy día del libro, os animo a que no desistáis en regalar libros, en abrir puertas, en buscar huecos y recovecos donde introducir emoción en la vida de alguien. Es cuestión de buscar y tener la suerte de acertar. Y no regaléis libros tan solo hoy. En cumpleaños, fiestas, aniversarios y sobre todo cuando ese libro os recuerde a esa persona especial para vosotros y creáis que le puede gustar.