Rocco Schiavone sigue recluido en Aosta, un valle ubicado en los Alpes. Aunque la primavera está llegando por fin tras un largo y nevado invierno, aún hay días en los que ese silencio que inunda las ciudades cubiertas de nieve se come a Schiavone. Echa tanto de menos las ruidosas calles de Roma… Pero aunque se niegue a aceptarlo poco a poco se va acostumbrando a Aosta, a sus gentes y a esas calles en las que sus famosos Clarks se empapan a la primera de cambio.

 

Entre estas vicisitudes diarias Irina encontrará muerta a la señora Ester, una de las mujeres en cuya casa limpia. Fue como cada viernes, y cuando se encontró toda la cocina patas arriba supo que algo no iba bien. Por ello, con el miedo en el cuerpo de que unos posibles intrusos aún pudiesen estar en la casa, sale corriendo a la calle en busca de ayuda. Justo en ese momento aparece Paolo Rastelli, un brigada retirado que acude en su ayuda. De ese modo, se avisará a la policía y con ella a Rocco Schiavone.

 

Ya desde la primera inspección visual hay algo que a Schiavone no le cuadra cuando encuentra a Ester ahorcada en la habitación situada más al fondo de la casa. La luz estaba apagada y la persiana bajada. Es extraño que aunque un suicida busque soledad también busque oscuridad, ya que puede correr el riesgo de cometer un error de cálculo y que la cosa no llegue a su fin. La cocina está revuelta, en el dormitorio una cajita abierta indica que algo en su interior ha desaparecido… Demasiadas cosas que no encajan.

 

Y de repente llega el marido, Patrizio Baudo. Supuestamente de hacer ejercicio en bici. Aún está en camiseta y culotte cuando se le interroga. Temblando, desconcertado, con sus manos dentro de los guantes de cuero. Y más desconcertado queda aún cuando Schiavone le dice que aún no tienen claro si ha sido un suicidio o un asesinato. No olvidemos quién es siempre el primer sospechoso en estos casos: el marido o en su defecto el pariente más próximo. Siempre es el marido, dicen.

 

Además de a este caso, Schiavone deberá enfrentarse a uno de los fantasmas de su pasado. Un perturbado que se dedica en su tiempo libre a meterse dentro de las bragas de las niñas. Uno de los culpables de que Rocco esté en Aosta ahora mismo. Y aunque un caso de esas características siempre es personal algo sucede que lo convierte en mucho más personal todavía.

 

Estas serán las dos líneas argumentales de la novela mientras en la vida de Rocco se entremezclan su amante Nora, el cumpleaños de esta, sus subordinados Italo y Caterina, un muchacho egipcio que se mete en problemas, la marihuana que Rocco necesita cada mañana, las últimas nieves del invierno y Marì, la omnipresente Marì. Si en la primera entrega, Pista Negra, conocíamos a un Rocco Sciavone cabreado con Aosta y con el mundo en general, un Rocco calado hasta los huesos por una nieve profunda y con un ánimo por los suelos, en esta veremos una evolución en el personaje. No es que se haya enamorado de Aosta, no. Sigue preguntándose cómo esas gentes soportan haber vivido allí toda su vida, cómo pueden vivir sin el tráfico y el ruido de Roma, sin los camareros abordando a los turistas, sin ese extraño olor a mezcla de excrementos de ave, gases de escape, fritura y hierba podrida.

 

Pero sin que lo perciba demasiado algo ha cambiado en él. Sí, sigue siendo un impertinente y uno de esos hombres sin pelos en la lengua a los que bien poco les importa lo que piense el que tienen delante. Pero ha ido cogiendo cariño a sus compañeros, al carácter de las gentes del lugar. Está en un momento del año duro y plagado de recuerdos, y quizá debido a esa melancolía que se le pega a la suela de los zapatos su carácter se perciba un tanto más dulce, un tanto más sosegado.

“—… Lo que pasa es que no es una lluvia fría. Es templada. Les viene bien a las flores y a los jardines. Con que salga un rayo de sol, se llenan de margaritas. Hay que abrigarse, pero es bonito pasear por Roma en marzo. Es como cuando de niño esperabas un regalo; sabes que está a punto de llegar, y esos minutos de espera son los más bonitos. Vas abrigado, pero sientes en los huesos que las cosas están a punto de cambiar. Que no falta mucho para la primavera. Miras a tu alrededor y te das cuenta de que las mujeres ya la han advertido. La primavera. Lo saben mucho antes que tú. “

 

Schiavone tiene mucho de Montalbano. A ambos les gusta la soledad, no les gusta la gente, prefieren la compañía de su propia persona antes que la de otras. Son mal hablados, insolentes, contestones y les gusta que siempre se haga lo que ellos dicen. Rocco es mucho más gamberro, más delincuente en el sentido más literal del término. Pero en el fondo ambos tienen un corazón enorme y cuidan de los suyos, se preocupan por la gente a la que quieren. Son hombre leales y fieles, hasta un punto con un toque romántico llevando la lealtad más allá de la propia muerte.

 

Los fallos que se observaban en Pista Negra como primera novela aquí están reducidos a la mínima potencia. Los personajes son más complejos y la trama es más elaborada. Me ha seguido pareciendo un tanto predecible pero mucho mejor llevada, tratando de despistar al lector todo lo posible. Manzini consigue que las sensaciones y sentimientos de Schiavone se peguen también a tus zapatos y que no te desprendas de ellos durante la lectura del libro. Ha logrado construir uno de esos protagonistas de los que te alegras de saber que existen una serie de novelas, que podrás acompañarle en más entregas para ver cómo va creciendo y cambiando a la vez que su esencia permanece inamovible. Una delicia.

 

Título: La costilla de Adán (La costola di Adamo)
Autor: Antonio Manzini.
Traductor: Regina López Muñoz y Julia Osuna Aguilar.
Editorial: Salamandra Black (2015)
Año de publicación: 2014.
ISBN: 9788416237081
Páginas: 256.
Precio: 17€
Ficha del libro en Salamandra Black: http://salamandra.info/libro/costilla-adan