La historia de El asesino sin rostro y de Michelle McNamara es una de esas narraciones que te hacen recuperar la fe en la humanidad gracias al trabajo y la perseverancia de algunas personas. Durante años, McNamara trató de reunir todo tipo de pruebas, evidencias, declaraciones y conjeturas acerca del que llamó en su libro como VZE (Violador de la Zona Este). Desde 1974 hasta 1986 este llegó a cometer al menos cincuenta violaciones y diez asesinatos. Hubo muchos indicios acerca del tipo de hombre que era, cuánto medía, cómo era su constitución. Hasta llegó a lograrse un perfil completo de su ADN pero, sin ningún otro con el que poder ser contrastado, su identidad era un absoluto misterio. En 2013 McNamara comenzó a interesarse por el caso, y poco tiempo después se convirtió en una auténtica obsesión para ella. Atesoró más de 3.500 archivos en su ordenador con información de los casos y habló con todo aquel dispuesto a contarle algo de lo visto o vivido en aquella época. Estuvo cerca, muy cerca. Pero en abril de 2016, falleció.

 

Cuando McNamara murió, El asesino sin rostro no estaba del todo construido como un producto final. Había miles de anotaciones, artículos y partes del libro que sí se habían llegado a redactar como tal. Fueron sus editores y su marido quienes decidieron que todo ese material debía ver la luz, y compusieron lo que hoy en día es este True Crime. Obviamente, la disposición es algo caótica, no hay una correlación perfecta de los sucesos, hay saltos adelante y atrás en el tiempo, y una amalgama de materiales.Pero todo esto consigue convertirlo en un volumen especial y con un formato que resulta perfecto. Cuando eché un vistazo a la estructura de esta obra lo primero que me vino a la mente fue una caja con multitud de fichas, cuadernos, fotos y recortes. Y aunque el texto es continuo, sí que recuerda un poco a esos corchos que hemos visto en series y películas con multitud de material clavado a ellos.

 

Michelle McNamara

 

McNamara arranca hablándonos de cómo el cuarto de juegos de su hija se convirtió en su centro de operaciones, cómo los peluches y las pinturas de colores fueron sustituidas por imágenes sangrientas y expedientes policiales. Este tipo de pinceladas son las que consiguen que el lector se identifique con la autora: los espacios domésticos, el empeño por dar con el culpable, las preocupaciones de quienes llevaron los casos al ver que la investigación se alargaba en el tiempo sin resultados. La autora nos explica cómo el VZE sembró el pánico, cómo se modifico la forma de vida de los vecinos de la zona, de qué modo se multiplicaron los cerrojos, que se eliminasen árboles y zonas que favoreciesen que una persona permaneciese escondida, que aflorasen la patrullas vecinales y se multiplicase el insomnio. Y no era para menos: el VZE atacaba a sus víctimas dentro de sus casas, y durante gran parte de su trayectoria criminal obligaba a las parejas a que estuviesen presentes durante la violación.

 

A pesar de la crudeza de lo narrado, el texto destaca por el profundo respeto que McNamara muestra hacia las víctimas. Cada una de ellas es un caso a escuchar e investigar, no las concibe como un número más de una lista. Expone cada situación, cada pareja, con la importancia y la consideración que merecen. Todos aquellos que no han querido aparecer en el libro con su nombre real aparecen bajo pseudónimo, y no se recrea con los aspectos más morbosos de los casos. Expone, analiza y extrae conclusiones.

 

Melanie Barbeaux sostiene una foto de dos víctimas del asesino del Golden State

 

Aunque no he leído demasiadas obras de este género, esta tiene algo especial. Quizá sea la cercanía que McNamara exhibe abriéndose al lector y mostrando su obcecación sin paños calientes. Reconoce que no puede dormir, que no puede pensar en otra cosa que en el VZE. Que necesita dar con él, que no soporta que semejante alimaña permanezca libre e impune. El dolor mostrado por los agredidos también le otorga de una humanidad que no he visto en otros True Crime. El equilibro entre profesionalidad y cercanía es perfecto, y consigue que suframos con ella, que sintamos su frustración por no poder cerrar el caso.

 

Quienes no sepan nada acerca del Asesino del Estado Dorado, como se le llamó posteriormente, que no sigan leyendo, y de este modo este la historia será mucho más especial: en abril de este año 2018 finalmente fue apresado, tan solo dos meses después de la publicación del libro de McNamara en EE.UU. Por desgracia, ella ya no estaba para presenciarlo, pero realmente no importa. La autora siempre dejó muy claro que su único objetivo era ayudar a su identificación, pero que lo menos relevante era quién se colgase las medallas por lograrlo. Soñaba con que el criminal, en algún momento de su vida, oyese a sus espaldas las puertas de una prisión cerrándose tras de sí. Y lo consiguió.

 

Título: El asesino sin rostro (I’ll be gone in the dark).
Autor: Michelle McNamara.
Traductor: Eduarto Iriarte.
Editorial: RBA. (2018).
Año de publicación: 2018
ISBN: 9788491871446.
Páginas: 384.
Precio: 19€.
Ficha del libro en RBA:
http://www.serienegra.es/catalogo/asesino-sin-rostro_616