Que levante la mano aquel a quien un buen libro no le ha hecho compañía en un viaje. En un tren, en un avión, en el autobús de camino al trabajo, incluso en la sala de espera de la consulta del médico. Los adictos a la lectura no utilizamos la lectura sólo como método de evasión de nuestras vidas, como instrumento de diversión, como una forma de vivir otras vidas, de conocer otros mundos. También es una magnífica herramienta para «matar el tiempo» para completar esos espacios de nuestra vida que otros llenan con el móvil, una película, un juego o tan solo viendo la vida pasar.

 

Echando la vista atrás me sorprendo de cuánto he viajado este año. Supongo que lo he necesitado más que en otras ocasiones, o tal vez simplemente ha coincidido así. Y cuando recuerdo los viajes, recuerdo los lugares visitados, las comidas degustadas, la compañía disfrutada y sí, también los libros que me acompañaron en esa aventura.

Enero arrancó con un nuevo festival negro-criminal: Pamplona Negra. Tras más de media hora de retraso del tren y de espera en el andén nevado de León (una de las peores nevadas del año) monté un jueves por la mañana destino a Pamplona y comencé un libro que pude terminar en las cuatro horas de viaje: Un buen invierno para Garrapata, de Leo Coyote. Su lectura no fue nada fácil. No porque la novela entrañase una especial dificultad, no. Porque había un hombre en el vagón que decidió regalarme su compañía y su conversación sentándose a mi lado, aunque no fuese el asiento que tenía asignado.

 

Pocos días después, cogí un vuelo destino Barcelona para asistir a BCNegra. Ahí mi compañero de viaje fue Rocco Schiavonne con la primera entrega de sus aventuras en Pista Negra. Antonio Manzini consiguió amenizar un viaje en el que mi ánimo no estaba donde debía. Recuerdo que me fui a Barcelona muy cansada y regresé mucho más cansada aún… y con una bronquitis a mis espaldas. Demasiados días, demasiada actividad, y demasiado frío a pesar de viajar al Mediterráneo.

 

A finales de Mayo decidí asistir por primera vez a la Feria del Libro de Madrid. Libros, libros y más libros. Mi acompañante en esta ocasión fue Aki y su maestro Miyamoto: El Misterio de la Gruta Amarilla de Carlos Bassas. Qué mejor para un viaje que una novela de aventuras, y para colmo la segunda entrega de la novela con la que estrené este 2015. Me hizo el viaje más ameno y rápido aún.

 

Recién estrenado Julio llegaron mis ansiadas vacaciones de verano. Como sabéis, hice un viajecito al sur de Francia que ojalá hubiera podido durar más días. En esta ocasión el transporte escogido fue el coche. Aunque son un montón de kilómetros da mucha libertad el poder moverte a tu antojo de una a otra ciudad. Mi papel en el coche fue de copiloto, así que aunque debía estar pendiente de la carretera eso me dejó unas cuantas horas disponibles para leer. El escogido para el viaje de ida fue Pronto será de noche, de Jesús Cañadas. La elección fue completamente premeditada, ya que la novela transcurre precisamente en un atasco en la carretera y había que ambientarla bien. Y funcionó. Hubo de hecho un momento, a la entrada de Marsella, en que se confabularon las estrellas para ponerme delante un gran atasco, un accidente y una embarazada cruzando ante mis ojos. Los que lo hayáis leído entenderéis mi consternación.

 

Las dos novelas que cayeron a la vuelta fueron las dos entregas de «La iniquidad» de Alexis Ravelo: La noche de piedra y Los días de mercurio. Llevaba mucho tiempo queriendo leerlas y esperé a un momento en que mi estado anímico fuese bueno y mi concentración la adecuada. Alexis Ravelo no se merece menos. Fueron de esos libros en los que releía capítulos nada más terminarlos, en que los marcadores colman sus páginas y en los que corroboras lo bueno que es un autor que ya sabes que es un maestro.

 

En Septiembre aproveché un montón de excusas para escaparme un fin de semana a Barcelona: tenía alojamiento gratuito, un amigo venía a España unos días desde Copenhague y Carlos Bassas presentaba su novela El misterio de la gruta amarilla en la Librería Gigamesh. Más libros a la maleta en Sant Antoni, y en el viaje mi acompañante fue Susana Hernández con la primera entrega de su policía Rebeca Santana: Curvas peligrosas. Ya estaba tardando demasiado en leerme sus novelas y el que saliese a la venta la tercera de la serie me dio la excusa. Mis horas con Susana y Rebeca empezaron en un avión… y acabaron en noches interminables de hospital. Fue mi compañera fiel, tanto con sus entregas de Santana como con sus dos novelas anteriores que me lancé a leer en mi Kindle a la luz de una lamparita mientras cuidaba en mi padre. Cuánto me ayudaron esas horas de lectura a que las horas pasasen un poquito más rápido.

 

Octubre vino con Getafe Negro y con ello un viaje a Madrid. El boom del estreno del AVE hizo que me quedase sin billetes de tren, pero ALSA vino en mi ayuda y Bernard Minier con él. Estrené la serie del comandante Servaz con Bajo el hielo, serie que tengo muchas ganas de retomar ya que aún me quedan dos entregas más. La única pega durante el viaje fue que mi acompañante de asiento luchaba por robarme un poco más de espacio, y que el libro era demasiado gordo para sostenerlo. Pero me enganchó tanto que cuando llegué al hotel no salí de allí hasta no terminarlo. Por poco me quedo sin comer.

 

Por último en Diciembre vino mi escapada a Copenhague para visitar a Alexander Paez. Las redes sociales a veces te descubren a gente increíble dispuesta a abrirte las puertas de tu casa y hacerte de guía por una ciudad. Ya veis. El viaje de ida fue un tanto estresante: el ALSA que tenía que llevarme al aeropuerto se desvió por culpa de unos viajeros y pasé todo el viaje preocupada por si perdía el vuelo. Al final todo salió bien, y entre turbulencia y turbulencia comencé a leer La jungla de Upton Sinclair. Es una lectura que aún tengo en marcha, no es un libro fácil de leer. Pero he de reconocer que me está fascinando. Fue curioso leer acerca de la cantidad de porquería que procesaban las empresas cárnicas norteamericanas al principio del siglo XX, produciendo enfermedades a quienes la consumían y en Copenhague hacer una noche de perritos con unos muy específicos que desde la OMS afirman que producen cáncer.

 

Como veis, mantengo recuerdos muy vívidos de varios libros y momentos de lectura de este año. La lectura ayuda a mi cordura a mantenerse en su sitio (más o menos). Me enseña, me emociona, me hace llorar y sufrir, me hace sentir. ¿Y vosotros? ¿Recordáis algún libro que os acompañase en un viaje?