Generalmente realizo esta reflexión el día de Reyes, día en que Leer sin prisa cumple años. Este 2019 cumplirá ya ocho, y a pesar de los altibajos que he sufrido en este tiempo no puedo evitar pensar en todo lo bueno que rincón me ha dado. 2018 no ha sido un buen año a nivel personal, pero sí que lo ha sido para quien aquí escribe. Ha habido un par de proyectos muy chulos en los que he tenido la oportunidad de colaborar, y que han supuesto un pequeño gran paso para mí.

 

Resumiendo el año en números, las cifras casi no me las creo ni yo. Según mis registros de Goodreads, es el año que más libros y que más páginas he leído desde que anoto ahí mis progresos: 108 han sido los volúmenes terminados, con un total de más de 32.000 páginas leídas. Mi propósito para este año era leer unos 70 – 75, pero por diversos motivos me refugiado en la lectura y le he dedicado más tiempo que nunca. A estas cifras ha ayudado Storytel (con 8 lecturas) y mi vuelta al mundo de los audiolibros (a aquellos que me diga que leer en audiolibro no es leer les remito a mi buen amigo Sergio Vera para que se lo explique).

 

Respecto a géneros, sin duda ha sido mi año negro por excelencia. Casi todas mis lecturas han sido de este género, algo que se ha visto claramente influido por mi colaboración en El Periódico de Cataluña. Casi todo lo que he leído (a excepción del verano y del repaso a los nominados a la Semana Negra) han sido novedades publicadas este 2018, y mis reseñas desde septiembre se han centrado en este género más que nunca. 43 ha sido el número total de textos publicados aquí, y teniendo en cuenta que en verano tan solo publiqué una, me siento satisfecha con este número.

 

Diría que es el año que más libros no satisfactorios he terminado. Mi regla de las 20 páginas me sigue funcionando a las mil maravillas, pero sí me he forzado a leer determinados fenómenos editoriales para salir de mi zona de confort y tratar de comprender el éxito de algunas de estas novelas. Como reflexionaba un día en Facebook, solo puedo comprenderlo dentro de tratarse de copias de copias que tratan de buscar el mismo boom que fueron en su día determinadas obras dentro del género. A mí desde luego no me dejan buen sabor de boca, y salvo alguna excepción, la calidad literaria brilla por su ausencia. Trama, trama y más trama, pero muy poco fondo narrativo. Pasapáginas como entretenimiento puro y duro, pero tan poca enjundia que consiguen que termines cabreado por haber perdido el tiempo con algo tan pobre. Mis grandes decepciones de este año han sido:

 

La desaparición de Stephanie Mailer, de Joël Dicker. Reconozco que empecé el libro con muchísimas reticencias, pero el arranque me sorprendió muy gratamente y pensaba que me tendría que comer mis prejuicios. Sin embargo, pocas páginas después el autor perdió por completo el norte creando una serie de subtramas completamente disparatadas y sin sentido. Y con un capítulo final que te hace querer pegar al autor con el libro (y son 650 páginas, tienen que hacer daño).

 

La química del odio, de Carme Chaparro. Aunque sospechaba el tipo de libro con el que iba a encontrarme, quise hacer el esfuerzo de saber a qué venía tanto revuelo. La lectura me resultó completamente agotadora, no solo por la resolución de las tramas (que tanto me recordaron a otra famosa serie de otra famosa escritora española que sabéis que me encanta) sino porque en cada página sucede algo. La acción es extenuante, y no hay un solo momento de descanso para el lector. La protagonista me resultó especialmente irritante y que tantos personajes que se conocían previamente resulten implicados en un caso criminal da para proponer que se renueven los cargos policiales de este país. Esperemos que en la vida real no haya tantos cuñados, hermanos, primos o amigos de la infancia de nuestros agentes de policía que sean criminales, y que estos mismos no estén tan ciegos respecto a la gente que les rodea. Nada que no me esperase, pero pensaba que debido al boom que se le ha dado a esta serie tuviese algún aspecto positivo. Yo no fui capaz de encontrárselo.


 

La amiga estupenda, de Elena Ferrante. Es cierto que las expectativas estaban por las nubes por todos los comentarios que había leído acerca de las excelencias de estos libros. La prosa de la autora no me pareció especialmente brillante, y que las dos protagonistas fuesen tan mezquinas hicieron el resto. Para que luego digan de la maldad mostrada en las novelas negras: hacía tiempo que no me encontraba con personajes tan interesados y egoístas como estas dos niñas. Sé que esta opinión será muy poco popular y que la equivocada seré yo, pero no pude con semejante culebrón de envidias infantiles.

 

Abandonos:

 

A menos de cinco centímetros, de Marta Robles. Con grandes esfuerzos, conseguí avanzar hasta alcanzar un cuarto de la novela. No solo no sucede nada hasta ese momento, sino que tampoco conecté ni con la historia ni con los personajes, quizá por tratarse de un mundo que está a años luz del mío.

 

La absurda existencia de Dalila Conde, de Olga Mínguez Pastor. Un par de capítulos fueron más que suficientes para mí. Poco más puedo decir de una novela que empecé con ilusión y que hizo que me cabrease con la editorial por no trabajar y pulir más ese texto.

 

El silencio de la ciudad blanca, de Eva García Saénz de Urruti. Por lo que he leído en muchos comentarios, esta entrega era la mejor de la trilogía. No quiero pensar en cómo será la peor. Alcanzado el tercio del libro me rendí y decidí pasar a otras lecturas mucho más interesantes.