Para conocer los glamurosos años 20 de los ricos y adinerados recurrimos a autores como Scott Fitzgerald. Nueva York, años antes de la Gran Guerra, Ley Seca y contrabando de alcohol. Nos muestran la cara amable, la Quinta Avenida, el lujo y los grandes coches.

 

Pero si queremos conocer el Nueva York de verdad, el que vivieron todos aquellos que pertenecían a las clases más humildes, tenemos que recurrir a novelas como Un hombre llamado Louis Beretti. Esta cortísima novela arranca en la zona sur de Manhattan, en la carismática Little Italy, el asentamiento de los inmigrantes italianos de la isla. Grandes familias, hombres trabajadores y madres sufridas componen el mosaico de gentes que viven y sobreviven en la gran manzana.  Louis Beretti es uno de ellos. Junto con sus amigos, durante su infancia volará cometas en las azoteas de las casas, asistirá a la escuela con la ropa de los domingos, lanzará bocanadas de fuego con queroseno a los comerciantes chinos, robará en una tienda de juguetes, y criará palomas en el tejado.

 

“Los tejados de los edificios son terreno de juego para los niños y lugar de recreo para sus mayores. En verano, las familias duermen allí, en grupos. El tejado de una casa puede ser un poco más alto o más bajo que el vecino, pero es fácil pasar de una azotea a otra. Los tragaluces permiten que subir o bajar del tejado sea una cosa sencilla. Cobertizos de palomas, guardavientos de chimeneas y ropa tendida permiten, a los que conocen la configuración del terreno, una considerable soltura a la hora de ocultarse.”

 

Como todo chico criado en la calle terminará dejando la escuela, se juntará con malas compañías y empezará a delinquir. El consumo de drogas rematará el perfil haciendo que su único objetivo en la vida sea fumar opio con sus amigos. Hasta que la Ley Seca se instaura. Su padre tiene una frutería y un negocio de refrescos y parece buen negocio dejar un espacio para vender alcohol a todo aquel que quiera beberlo y no sea capaz de encontrarlo. Con esto conseguimos el retrato completo de Beretti, buscando medios y modos para hacerse con ese alcohol y proporcionarlo a sus vecinos.

 

Un hombre llamado Louis Beretti no es una novela brillante. No tiene una narrativa evocadora ni unas frases que enamoren. Quizá sea cosa de la novela, quizá de la traducción, no lo sé. Pero lo que sí que es esta novela es un retrato magnífico del Nueva York de los bajos fondos de la época. No hay excesivos artificios, realmente lo que nos cuenta es la vida desde el nacimiento de Beretti hasta un punto determinado de su vida. Pero la importancia de la novela reside en ese retrato.

 

Para que entendáis de qué estoy hablando: en La venta indiscreta de Hitchcock, aparte de una trama de un posible asesinato tenemos un montón de ventanas que nos dejan ver diferentes tipos de personas: una bailarina que atrae a todos los hombres que la miran, una pareja de recién casados, una mujer “corazón solitario” que no encuentra compañero, una vecina con un perro insufrible, un pianista que llena de música el patio… Gracias a cada uno de esos personajes y lo que vemos a través de ellos tenemos un retrato de la ciudad y sus gentes en esos años. Y sin que pronuncien apenas una sola palabra. Eso es exactamente lo que hace esta novela: describe personas, situaciones, modos de pensar, que hacen que tengamos cada una de las teselas de un mosaico de la vida de esa parte de Nueva York.

 

A quien lo quiera leer le voy a contar un spoiler que hace que esta novela marque una diferencia con el resto (no leáis este párrafo quienes no queráis conocer el final): En los finales de los años 20 y principios de los 30 con en los arranques de la novela negra americana, el famoso hard-boiled, el personaje del bueno y del malo están muy diferenciados. Incluso cuando la policía es la mala de la película la intención del autor y su posicionamiento suele ser muy claro. Y lo más habitual es que al final ganen los buenos y los malos sean condenados a la horca. Sin embargo en esta novela no sucede eso: el final termina tras un suceso en concreto de la vida de Beretti, pero no termina ni con el protagonista en la cárcel ni asesinado. El autor presenta al personaje y debe ser el lector quien se posicione, quien decida si cree o no justo que este hombre que vive del contrabando de alcohol es un buen hombre o no. Y lo habitual en las novelas y películas de gánsters es que dicho personaje terminase muerto o encerrado.

 

Con esta novela sigo pasmándome con la libertad que se tratan algunos temas en las novelas de la época:

 

“Louis sabía que no necesitaba leer sobre el control de natalidad para evitarse problemas. En el ámbito en que ella se desenvolvía, la “seguridad ante todo” era un lema importante.”

 

“Si una chica se descuidaba, había establecimientos, regidos bajo pautas científico-quirúrgicas, donde podía rectificarse un error sin otro inconveniente que tomar una vaharada de éter y soltar 150 dólares. Todo el mundo lo sabía. Era parte de la vida.”

 

Y respecto a la opinión que merecía la Ley Seca tampoco se queda atrás:

 

“Esta Ley Seca no es más que un mangoneo para los ricos. Tú lo sabes. Todos los jueces beben, y tú no lo ignoras, porque Louis sirve a algunos de ellos. Los abogados beben, los congresistas beben y los policías beben. Eso lo puedes ver en nuestro propio local. Todo el mundo bebe. Beber es una costumbre americana, beber whisky y mucho. No es culpa nuestra. […] Y si a ellos les parece bien beber alcohol, no está mal que nosotros se lo vendamos.”

 

En resumen, estamos ante una fotografía del Nueva York de principios del s. XX y como tal expone lo que sucedía en ese momento y en ese lugar. Sin grandes artificios, sin grandes giros de guión. Tan solo momento a momento de la vida de los personajes.

 

Como dato curioso, apuntar que la novela en su momento tuvo bastante éxito, el suficiente al menos para que en 1940 el autor escribiese una segunda historia cuyo protagonista era el hijo del propio Louis Beretti, Murderer’s Holiday.

 

Born-reckless-leersinprisa

Como buen clásico de la novela negra tuvo su adaptación cinematográfica en 1930, apenas un año después de su publicación, de la mano nada más y nada menos que de John Ford: Born Reckless o El intrépido. Más que una adaptación tendríamos una inspiración. Es cierto que toma muchos de los sucesos de la novela, pero otros los inventa o los adorna, y desde luego el personaje no tiene el carisma del novelado. Demasiado esmoquin y demasiada elegancia para un tipo surgido de un ghetto. La película no es una maravilla pero sí que tiene algunos planos dignos de ver, de esos que pasan a la historia del cine. Destacable el discurso político contra la guerra, camuflado de un modo sutil, aparentando una exaltación en un primer momento pero con los varapalos que hacen que ese discurso se derrumbe: muertes de compañeros y viudedad de su hermana. Lo peor: esos disparos que no matan y esas balas que no atraviesan la ropa. He de reconocer que me pone muy nerviosa este particular. Lo mejor: un duelo casi al final oculto por unas puertas abatibles y el magnífico plano de Beretti al volante sobre el Puente de Brooklin.

 

 

Título: Un hombre llamado Louis Beretti (Louis Beretti)
Autor: Donald Henderson Clarke.
Traductor: Benito Gómez Ibáñez
Editorial: Bruguera. Club del Misterio (1981)
Año de publicación: 1929.
ISBN: 8402082750.
Páginas: 96.