Hay libros que por distintos motivos se convierten en una espina en el corazón. Por el momento en el que los leíste, por lo que supusieron para ti en ese momento, por la historia que te cuentan. Por diversas razones este libro se me ha clavado y no consigo sacármelo de dentro. Así que el mejor modo que se me ocurre es así, escribiendo sobre él.

 

Una noche de verano. Chico – chica – chico tontean al borde de una piscina. Sus pies juegan bajo el agua, incluso rozándose entre sí. Está claro que entre uno de los chicos y la chica hay alguna clase de chispa, algún tipo de atracción. Charlan, bromean. Sus padres están celebrando una reunión en el interior, comprobando cuánto han cambiado sus vidas desde que son padres, lamentándose del paso de los años. Y hay hormigas.

 

“No fue la noche.
Ni el verano ni el hielo.
Ni los altos árboles que todo lo ven.
No. No fue nada de eso.
Bajo el cielo azul oscuro del valle, las cosas son un poco mágicas para los que vienen de la ciudad.
O tal vez haya sido todo.”

 

Los mayores se han quedado sin hielo para las bebidas. El hermano mayor de uno de los chicos llega a la casa. Y el hermano pequeño se ofrece voluntario a ir a por hielo. Es la oportunidad perfecta para escaparse un momento con ella. Aunque en el coche en realidad van tres, pero cuando el deseo aprieta no te importa quién te observa. Él quiere impresionarla. Ella quiere ser el centro de sus miradas. Aunque en su carné de identidad dice que ella aún no puede conducir, él sugiere que sea ella quien tome las riendas, que practique, que les guíe. Quiere enseñarla, ser su mentor. Pero algo sale mal. Tan mal, que de esa excursión tan solo regresan dos de ellos.

 

Este es solo el arranque, el punto de partida de una historia retorcida, de unas mentes malsanas. Dolor, mentiras, rencor, ira. La línea que separa el amor y el odio es muy pequeña, tanto que a veces no nos damos cuenta cuando la cruzamos. Porque el odio se camufla, se disfraza de cosas que no es. Y al igual que el amor, el odio nos hace perder el norte, ser impulsivos, cometer actos que de otro modo no cometeríamos, y sobre todo ser mezquinos.

 

Marcelo Luján es un genio de la palabra, de la construcción de frases, de la asociación de ideas, del mantenimiento de la intriga. Su narrativa es como un dardo certero. No te deja recobrar el aliento, te sumerge en un océano de sensaciones, en un torbellino de ideas. Y no deja que te duermas: lo esencial no solo lo señala y lo subraya, sino que hunde y retuerce el dedo dentro de la herida para dejarte sin respiración. Y lo mejor de todo, es que consigue hacerlo con estilo y con sencillez: no es una novela complicada de leer narrativamente hablando; es difícil por lo que te transmite, por todo lo que te hace sentir, pero no por usar un vocabulario o unas estructuras compositivas difíciles de asimilar como lectores. Es sencilla en ese particular, pero para nada simple.

 

Si buscáis una novela amable, no leáis Subsuelo. Si buscáis una novela simple, no leáis Subsuelo. Si buscáis una novela de tantas, no leáis Subsuelo. Si buscáis una novela que devorar una tarde para olvidarla a los pocos días, no leáis Subsuelo. Leedla si pensáis que una novela es más que una trama atractiva, más que unos personajes bien construidos, si pensáis que una novela puede tocarte el corazón con sus páginas, retorcer tu estómago, golpear tu cerebro, escalofriar tu piel, alterar tus sentidos.

 

Es la primera novela de Luján que leo, desoyendo durante meses a todos los que me decían que tenía que leerle. Por simple pereza, por el ajetreo del día a día, por las novedades editoriales que nos abruman. Y desde la primera página, bailé al son de su prosa. Con Luján lo tenéis fácil: si leéis un par de páginas del comienzo de la novela y no os atrae, esa novela no es para vosotros. Pero creedme cuando os digo que lo hará.

 

 

Título: Subsuelo.
Autor: Marcelo Luján.
Editorial: Salto de Página (2015)
ISBN: 9788416148165.
Páginas: 240.
Precio: 18€.