Antonio Falcón es el dueño del barrio de San Marcial. Un barrio plagado de viviendas de protección oficial, de pequeños comercios, de calles humildes y de gentes que no llegan a fin de mes. Precisamente por esa falta de todo, a los habitantes de San Marcial les falta incluso valor para plantarle cara a Falcón. Religiosamente, como si se tratase de un creyente que acude los domingos a misa, pasa por los locales comerciales a recoger su parte de los beneficios. Todo a cambio de un abuso disfrazado de protección.

 

El problema no es tanto la labor de protección extraoficial que desempeña nuestro matón de barrio, como la oficial: resulta que Falcón es policía municipal de Ofidia. Ofidia es una ciudad de provincias cualquiera, pequeña, tranquila, que puedes recorrer a pie. Aunque no se podría encontrar en cualquier parte de la geografía española: el invierno ha llegado con un duro azote en forma de blanco manto que cubre la ciudad. El inspector Corominas se enfunda su fedora para resguardarse un poco más del frío y parte hacia el lugar del crimen. Porque sí, tenemos un cadáver.

 

Parece ser que a Falcón no solo le han matado, sino que le han eliminado de un modo cruel y doloroso. El revuelo es mayúsculo, no olvidemos que estamos ante el cadáver de un agente de la ley. Y para colmo, el agresor se ha ensañado con el finado: está destripado, emasculado y exangüe. Esta muerte será la excusa inicial que utilizará Carlos Bassas para poner en la palestra a lo largo de la novela toda una serie de temas de penosa actualidad: desahucios, corrupción, dinero negro, escasez de ayudas sociales… Y todo ello tratado con el mayor estilo y naturalidad que os podáis imaginar.

 

Cuando te enfrentas a la lectura de una novela con esta temática y este argumento cualquiera puede pensar que vas a toparte con una novela indigesta, difícil de leer, ese tipo de textos que te hacen apartar la mirada en determinadas escenas. Con las novelas de Carlos Bassas nunca sucede eso: el uso del lenguaje es excelente, sabe aportar el grado justo de realismo combinado con una gran maestría a la hora de abordar temas delicados. Si tuviese que escoger una palabra que definiese la prosa de Bassas sería elegante.

 

Y para colmo, ha conseguido consolidar a un personaje bien construido y muy coherente. Un tipo corriente, con problemas de próstata, con un hijo en plena adolescencia, con una mujer que rezuma carácter y con un padre enfermo y moribundo. Uno de esos hombres con los que te irías a cenar a un sitio elegante, con los que compartirías siete brevísimas horas de conversación, con los que leer en silencio a su lado o con los que compartir el desayuno (siempre y cuando no sea domingo).

La guinda del pastel (a poder ser de chocolate para nuestro inspector) la pone el gran elenco de secundarios que participan o que simplemente hacen acto de presencia en la novela: un tal Pedregosa, un tal Érice, un tal Arretxe, un tal Manuel Vázquez… Quizá alguno no os suene, pero todos tienen una clara característica en común: son escritores. Y cuando, como es mi caso, has conocido a algunos de ellos en persona resulta cuanto menos curioso ver cuánto del personaje real existe en la ficción.

 

Siempre pagan los mismos es una de esas novelas perfectas para devorar en una o un par de tardes, para saborear sin prisa, disfrutando de la historia, de sus protagonistas, pero sobre todo de la exquisita narrativa de un autor que promete mucho. Lo afirmé cuando le conocí en Getafe Negro y lo reitero: Carlos Bassas es un pozo de sabiduría. Y qué bien sabe compartirla.*Carlos Bassas es el autor también de:
Aki y el misterio de los cerezos.
El honor es una mortaja.
– Y dentro de muy poco, El misterio de la gruta amarilla.

 

 

Título: Siempre pagan los mismos.
Autor: Carlos Bassas.
Editorial: Alrevés (2015)
ISBN: 9788415900993
Páginas: 250.
Precio: 17€
Ficha del libro en la web de Alrevés:
http://www.alreveseditorial.com/fitxallibre.php?i=141