Es curioso cómo los libros llegan a uno. O uno a los libros, según el punto de vista de cada uno. Yo soy muy partidaria de pensar que determinados libros vienen a nosotros. Sea porque alguien nos habla de ellos, sea porque alguien nos los regala, o sea porque acabas llegando a ellos porque otra lectura te los descubre. Santuario llegó a mí porque ha ido apareciendo en repetidas ocasiones en ensayos de novela negra. Se publicó en 1931, la misma época por la que Dashiell Hammett publicó sus afamadas novelas, y buscaba una cierta comparación, ver qué se hacía en los mismos años pero con un estilo muy alejado de lo que se conocen como novelas hard-boiled.

 

Hay un montón de anécdotas acerca de esta novela. Una de ellas es que la novela fue escrita en 1929 porque Faulkner intentar ganar algo de dinero, ya que tras el crack bursátil de ese año el panorama era desolador. Quizá debido a esa intencionalidad nada ligada a la literatura Faulkner no le tenía especial cariño a esta novela (aunque no debemos olvidar que esos señores que escriben las bellezas con las que nos deleitamos llamadas libros también respiran y se alimentan, cuando les dejan. Por lo que es muy lícito escribir una novela con la simple intencionalidad de vender). Se dice que la escribió pensando en el gran público, en crear la historia más atroz que pudiera contar, no en la escritura en sí. Y sí, el resultado fue tan espeluznante en cuanto a contenido se refiere, que su editor se negó a publicarla hasta 1931 tras una seria revisión. Pese a esos cambios, para nuestra suerte parece ser que la esencia de la historia se mantuvo.

 

Bajo la aprobación de Faulkner o no, hay que reconocer que la novela es una obra maestra. No solo por la historia que cuenta, que también, como por la forma de estar contada. Jamas una violación había sido tan digna de ser leída.

 

Estamos en el sur de los Estados Unidos: polvo en el camino, casas aisladas en medio de la nada con porches desde los que contemplar las plantaciones, los graneros, los establos. La novela arranca con el personaje de Horace Benbow, un abogado de viaje camino de Jefferson que se topa con Popeye en un manantial. Popeye se llevará a Horace a la casa, esa casa que oculta una destilería ilegal, esa casa en torno a la cual girará toda la historia. Popeye avisa a la mujer de la casa de que habrá alguien más a cenar, mientras tres hombres más ocupan uno de los extremos del porche. Se sentarán en torno a una mesa hecha con tres tablones clavados sobre dos caballetes, y Horace, el forastero, amenizará la velada con sus historias.

 

Como en una partida de dominó en que unes una pieza con la siguiente, este arranque enlazará con otra historia, que a su vez enlazará con otra. De un personaje pasamos al siguiente, y Faulkner los irá entretejiendo, haciendo que las historias vayan casando y cobrando sentido. Nos presentará a Temple Drake, la desvergonzada hija de un juez. A Ruby, una esposa sufridora y fuerte como nadie. A Horace Benbow, un hombre justo y defensor de la verdad. A Lee, un hombre acusado de un delito que todo indica que no cometió.Así, de presentarnos los personajes que viven en esa casa, pasamos a la presencia por un accidente de coche de Temple y su novio Gowan. Una muchacha joven y bonita en una casa rodeada de hombres que resultan siniestros. Tan solo Ruby, la mujer, intentará echarle una mano a Temple más movida por el miedo a que su marido quiera algo con la muchacha que por altruismo. Ni siquiera Gowan tratará de ayudarla, más preocupado de conseguir alcohol de la destilería de Lee que del bienestar de la muchacha.

 

Quizá lo mejor de la novela sea lo subliminal de todo lo que nos cuenta, dando leves pinceladas, introduciendo elementos que te hacen sospechar lo que ha sucedido pero sin contarlo de un modo abierto y rotundo. Te preguntarás si lo has comprendido bien, si de verdad ha sucedido eso que crees… y con la lectura irás descubriendo que sí, que las monstruosidades que imaginas han sucedido en la historia.

 

Santuario no es una novela compleja de leer, no usa un lenguaje abigarrado o unas estructuras enrevesadas. La narración fluye como un río, las páginas pasan sin darte cuenta, y te sorprendes al descubrir que disfrutas con una historia tan dura y tan cruel. Los personajes están exquisitamente dibujados, representados tanto por las descripciones del narrador como por su forma de hablar y actuar. Es una de esas novelas para leer sin prisa (valga la redundancia), para paladear, para acariciar sus palabras, para subrayar, para leer una y otra vez.

 

Cuando terminas de leer Santuario y cierras sus páginas, lo haces con el respeto de haber leído una obra maestra, de ser un privilegiado por que ese libro haya llegado a ti de un modo o de otro. Y lo posas sobre la mesa como lo que es, un santuario.

 

 

Título: Santuario (Sanctuary)
Autor: William Faulkner.
Traductor: José Luis López Muñoz.
Editorial: Alfaguara (2012)
Año de publicación: 1931.
ISBN: 9788420406763.
Páginas: 320.
Precio: 17,50 €