Los que no perdonan de Charlotte Cory nos traslada a la época victoriana tratando de recrear una época que tanta y tan buena literatura generó. Para ello, escoge una típica familia cargada de tópicos para llevar al extremo a cada uno de los personajes, mostrando así un modo de pensar y de actuar acorde con el momento que refleja. Edward Glass acaba de quedarse viudo al cargo de tres hijas, de una casa, de un montón de sirvientes y se encuentra en un momento de despegue en su carrera como arquitecto. Está claro que son demasiados lastres y que necesita a alguien que se ocupe de todo. Para ello contrae matrimonio con la viuda reciente Elizabeth Cathcart. Aunque en las primeras páginas aún no conoceremos el pacto realizado entre ellos, capítulo a capítulo descubriremos lo conveniente y práctico que es: Edward se dedicará por completo a su vida profesional y a construir impresionantes edificios que pasen a la historia mientras Elizabeth se ocupará de la vivienda familiar y de las hijas.

 

Hasta aquí todo parece más o menos normal hasta que descubrimos que semana tras semana el único contacto entre ambos cónyuges es a través del ayudante personal de Edward, el señor Eames. Cada viernes por la tarde, de manera puntual, Eames acudirá a visitar a Elizabeth (y así de paso admirar a la hija mayor, Stacia) para proporcionarle la bolsita con la asignación monetaria semanal y para recoger algún tipo de nota o de carta que la esposa quiera hacer llegar a su marido. Mientras que al principio ella se molestará en escribir cartas largas y explicativas de los pequeños detalles del día a día, la ausencia de respuesta irá enfriando un matrimonio del todo perfecto: ni una discusión, ni un malentendido, ni una reprimenda, fruto todo ello de una completa ausencia de contacto.

 

Elizabeth tan solo ansiará encontrar la paz en su domicilio. Por ello elabora eternas listas para que los criados sepan qué deben hacer en caso de duda, limita el contacto con ellos a una reunión mañanera durante un breve espacio de tiempo para que el resto del día no sea molestada y contrata a una institutriz para las niñas y evitar de este modo el contacto con ellas. Así, ella podrá dedicarse a pasar el tiempo en soledad y llenar su habitación con montones de absurdos y delicados objetos que llenen su vida vacía.

Muestra de la obra de Charlotte Cory que puede verse en su web.

Toda esta serie de disparatados acontecimientos, y unos cuantos más, son narrados con una enorme sonrisa en la cara. Con esto quiero decir que el tono que trata de mantenerse en toda la obra es de absoluta felicidad, una felicidad que es la que los protagonistas tratan de aparentar en cada momento. Tan solo las niñas, precisamente por ser niñas, establecen un punto de inflexión a través de preguntas inadecuadas y de varapalos que irán sufriendo a medida que vayan creciendo. Los diálogos de los personajes mostrarán esta impostura mientras que la narración nos dejará ver la cara B de cada uno de ellos.

 

El estilo de Cory opino que es impecable y que la intención de lograr una novela de época está bien lograda. Quizá algunas reflexiones soterradas denotan más modernidad, como algunas aseveraciones feministas en un momento en el que el papel de la mujer estaba relegado solo a la vida doméstica. En una novela donde predominan por mayoría aplastante los personajes femeninos, encontramos todo tipo de mujeres y de roles dentro de la vida victoriana: la señora adinerada, la institutriz estudiosa, el ama de llaves ambiciosa, la niña que sueña con bailes y vestidos, la aventurera que quiere recorrer mundo. Cory logra componer un mosaico de cada una de las facetas de una mujer, defendiendo así nuestra diversidad y riqueza.

 

La historia es interesante, está bien contada y su prosa creo que es lo mejor de toda la obra. Y aunque valoro la calidad narrativa por encima de todo, la novela para mí ha adolecido de un ritmo lento. Páginas y páginas de conversaciones, de escenas que te ponen en situación de algo que parece no llegar nunca. Cuando llevaba más de la mitad de la novela a mis espaldas no podía evitar pensar que en el fondo no había sucedido nada, que podía resumir en unas pocas líneas lo que llevaba leído. Sin embargo, en las páginas finales parece querer contar todo lo que se había ido dejando en el tintero a lo largo de la obra y la información se presenta entremezclada entre presente y pasado, entre unos y otros protagonistas, lo que ha provocado que terminase el libro con una ligera sensación de caos.

 

El desconcertante tema de la portada lo he resuelto al terminar la novela y descubrir que Cory es casi más famosa por sus obras de arte en las que coloca cabezas de animales sobre cuerpos vestidos a la moda victoriana que por sus obras literarias. Quizá no hubiera estado de más tener esa información previamente porque he esperado durante todo el libro dar con la clave que diese sentido a esa imagen.

 

Título: Los que no perdonan (The Unforgiving).
Autor: Charlotte Cory.
Traductor: James y Marian Womack.
Editorial: Ediciones Nevsky (2016).
Año de publicación: 1991.
ISBN: 9788494455537.
Páginas: 464.
Precio: 24€.
Ficha del libro en Nevsky: http://edicionesnevsky.com/products/los-que-no-perdonan