En ocasiones tienes las ideas muy claras acerca de lo que vas buscando cuando entras en una librería o en la biblioteca. Sin embargo, hay libros o autores que se cruzan en tu camino y cuando sales por la puerta observas lo que te has llevado y nada tiene que ver con lo que tenías en mente minutos antes. Eso fue lo que me sucedió a mí el otro día cuando Eudora Welty se colocó ante mis narices en una balda de la biblioteca.

 

A Welty la conocí hace tiempo ya cuando me enamoré de su prosa con La hija del optimista. No busquéis la reseña en el blog, la leí antes de tenerlo (quizá algún día debería releerlo y escribirla). Recuerdo la experiencia de su lectura como muy satisfactoria, una obra de la que tan solo me atrajo su título y que me hizo descubrir a una de las autoras más fascinantes que he leído nunca.