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Son muchos los que dicen que leer es otra forma de viajar. Yo he viajado a Glasgow en dos ocasiones con Lennox, y para mí Glasgow pertenece a Lennox. Glasgow en los años 50. Pero de repente, RBA publica en su serie negra la fundadora del Tartan Noir. Para los que no lo sepan, es el término empleado para denominar a la novela negra escocesa, tomando el nombre de la tela de tartan tan popular de las faldas escocesas. Así que no podía dejarla escapar.

 

Sintió que las contradicciones hacían mella en él. El lugar donde estaba se burlaba de aquel donde había estado. Y sin embargo los dos eran Glasgow. Siempre le había gustado la ciudad, pero jamás había sido tan consciente de ella como esa noche. Captó su fuerza en las contradicciones. Glasgow es galletas de jengibre caseras y Jennifer muerta en el parque. Es la simpatía sentenciosa del comandante y la muerta en el parque. Es la simpatía sentenciosa del comandante y la anunciada agresividad de Laidlaw. Es Milligan, insensible como un bloque de hormigón, y la señora Lawson, atontonada por el sufrimiento. Es la mano derecha que te derriba de un golpe y la mano izquierda que te levanta, mientras la boca alterna disculpas y amenazas.

 

Glasgow, años 70. En un parque aparece el cadáver de una chica, Jennifer Lawson, con signos de una brutal violación. Los mirones afloran y el inspector Jack Laidlaw se indigna ante el hecho de no poder borrar a todos de un plumazo. Y es que Laidlaw es un policía muy especial. Quizá su principal rasgo es que no cree en los monstruos, se niega a que la gente vea así a los asesinos y criminales, porque eso les deshumaniza y deberíamos ser más conscientes de que son personas como nosotros, y por lo tanto debemos y podemos hacerles frente.

 

La investigación nos lleva a hablar con los padres de Jennifer, que unas horas antes habían denunciado su desaparición. Familia protestante, con un padre tremendamente controlador, le explican a Laidlaw que su hija había acudido a una discoteca llamada Poppies con su amiga Sarah, y parece ser que no se fueron juntas del local. Entrevista tras entrevista, descubrirán que la verdad ha sido maquillada y que a Jennifer no le ha quedado otro remedio que cubrir su vida de mentiras para poder vivir lejos de la mirada de sus padres.

 

La magia de la novela no reside tanto en la trama, que es buena y está bien construida, como en la filosofía que nos transmite Laidlaw a través de sus charlas con su compañero Harkness, un compañero más joven e inexperto intrigado por el compañero que le han asignado para el caso. Es el típico rol de Sherlock – Watson, pero con más reticencias por parte de Harkness a la hora de recibir las enseñanzas de Laidlaw. Aunque está de acuerdo en muchas de sus exposiciones, no le acaba de convencer del todo el modo de trabajar de Laidlaw más chapado a la antigua: confidentes, problemas con sus superiores, muy reservado. Aunque cumple las normas, Laidlaw tiene un modo muy particular de trabajar, y es alguien que no se muerde la lengua.

 

Pero es que hay dos tipos básicos de profesionales, descubrió Harkness en un momento de iluminación autocongratulatoria. Está el profesional que hace algo lo suficientemente bien para ganarse la vida con ello. Y está el profesional que crea un compromiso tan intenso que el ganarse la vida con ello es algo que ocurre de paso. Su dinámica no es el salario sino la determinación para hacer algo tan bien como puede hacerse.

 

Laidlaw no es un policía clásico, atormentado y divorciado. Está casado y tiene 3 hijos, aunque los problemas en el hogar no están ausentes tampoco. Y sí, está atormentado, pero en un sentido diferente. Está atormentado por la violencia, por la carga de saber que existen seres humanos que son capaces de proporcionar dolor a otros, por desenmascarar a los culpables; pero eso tampoco calma su dolor, porque no puede borrarse lo hecho, no puede darse marcha atrás para desandar lo andado, y en el caso de Jennifer, no podrá devolverla a la vida.

 

William-McIlvanney

 

La novela tiene otro aspecto que me ha gustado especialmente, y es que McIlvanney juega con el lector. Lo hace en varios capítulos, no en todos: al comienzo de algunos capítulos, habla de uno de los personajes de la novela, durante varios párrafos, casi siempre unas dos páginas, sin desvelarte de quién está hablando. La caracterización de los personajes es tan buena, que lo normal es que sepas perfectamente de quién está hablando. Por otro lado, el juego está en la duda que te plantea, viendo que en algunos casos piensas que está hablando de uno de los personajes, pero en realidad habla sobre otro, crees que habla de uno de los malos, y descubres que está hablando de uno de los buenos. Ahí está la magia, en que nos descubra que no somos tan diferentes unos de otros en el fondo, porque las similitudes son mayores que las diferencias. Y lo hace realmente bien, porque no te das cuenta de que juega contigo.

 

De momento, solo tenemos esta entrega publicada por RBA. Crucemos los dedos para que tenga éxito y no nos quedemos solo con el primero de la serie. Para poder encontrar las siguientes, toca tirar de Iberlibro o librerías de segunda mano, rebuscando los ejemplares que le editaron en España en los años 90. Lo que desde luego ha conseguido conmigo es darme más alicientes para ir a conocer Escocia. Glasgow es uno de esos lugares que ya me moría por conocer, pero ahora tengo aún más ganas.

 

Otras reseñas de la serie Laidlaw en el blog:
Los papeles de Tony Veitch.
Extrañas lealtades.

 

Título: Laidlaw
Autor: William McIlvanney
Editorial: RBA-Serie Negra
ISBN: 9788490561070
Páginas: 263
Precio: 19€