Es curioso cómo funciona a veces nuestra mente. Anoche, cuando me estaba quedándome dormida, me puse a pensar en la novela de Alexis Ravelo Las flores no sangran, que leí a principios de este año. (Me vino a la cabeza, todo hay que decirlo, porque ayer obtuvo el Premio a la mejor novela VLC NEGRA 2015) Con esta novela tuve un desencuentro: la empecé, la abandoné unos días, y volví a ella para leerla del tirón. Es una de esas novelas, que como el propio autor indica, no tiene un solo protagonista, sino que es una novela coral llevada a la máxima expresión. Es decir, que además de estar protagonizada por múltiples personajes ninguno de ellos es más protagonista que el otro y es el propio lector el que escoge quién es aquel con quien más se identifica. En mi caso, el protagonista fue claramente Felo en su momento. Pero 5 meses después no lo tengo tan claro. Ahora mismo cuando recuerdo la novela solo me viene a la mente Diana, la mujer a la que secuestran en la novela.

 

¿Y a cuento de qué viene esto? A que me he puesto a darle vueltas a la vida que una novela tiene para cada uno de nosotros. No me refiero a los meses que estará en la mesa de las novedades, ni a cuántas ediciones podrá llegar a tener. No hablo de esas novelas que en meses han sido devueltas a la editorial ni de esos long-sellers que se venden a cuentagotas pero durante años.

 

Hablo del bagaje que una novela tiene en nuestro interior, en nuestros recuerdos. En ocasiones, en pocos meses olvido por completo una novela. Y no me refiero a los detalles, a momentos memorables de la trama, sino simple y llanamente la totalidad del argumento. Novelas que en un momento dado escoges por una recomendación poco acertada, por un libro que te llega sin haber sido solicitado o por una mala elección. Afortunadamente, no son demasiados los libros que se borran irremediablemente de mi mente. De muchos de ellos mantengo una huella más o menos duradera.

 

¿Pero cómo de profunda puede llegar a ser? Creo que no soy la única a la que esa huella que le queda consiste en una sensación más que en el recuerdo de libro en sí. Por ejemplo, llevo días que cuando pienso en Las flores no sangran, no puedo quitarme de la cabeza una escena en que Diana  pasa uno de los momentos claves del secuestro (tranquilos que no voy a destripar nada). Ese sentimiento de angustia, de pánico, ese miedo a no saber qué pasará, si saldrá de esa. Con Subsuelo, de Marcelo Luján, recuerdo esa sensación también de impotencia, esas situaciones límite que te llevan a no saber qué camino tomar.

 

De 1913. Un año hace cien años de Florian Illies recuerdo ese sentimiento de plenitud que me embargó, de felicidad, por recuperar un texto que tuviese que ver con mis cada vez más olvidados estudios universitarios. De Las luminosas de Lauren Beukes recuerdo ese momento en que tuve que dejar la novela durante varios días por la sensación de pánico que me embargó. De It de Stephen King, recuerdo el miedo tan tremendo que pasé las noches que estuve leyéndola con una linterna bajo las sábanas de mi cuarto en casa de mis padres, y la sensación de frustración con un final del que solo recuerdo que no me gustó en absoluto. De El muñeco de nieve de Jo Nesbo recuerdo cuando se me saltaron las lágrimas de lo que logré empatizar con Harry Hole y tiré el libro (literalmente) contra una pared en un giro de la trama. De Sombras de la nada de Jon Arretxe, cuando tuve que irme al baño a llorar en soledad cuando terminé el libro, y la cantidad de horas que tuve un nudo en la garganta, sin poder articular palabra. De Te quiero porque me das de comer de David Llorente, cuando en la segunda página me empecé a reír a carcajada limpia por leer una novela negra en la que me contaban la receta de una ensalada, alternada con el parte meteorológico. De La última tumba de Alexis Ravelo, de un pasaje de sexo explícito leído en medio de un vagón de metro en Barcelona y lo violenta que me sentí al leerlo ahí. De Galveston de Nic Pizzolatto, de que nada más cerrar el libro, automáticamente lo volví a abrir para leerlo de nuevo al instante. De Aki y el misterio de la gruta amarilla de Carlos Bassas, cómo una frase puede derrumbar todas tus expectativas. De Wilt de Tom Sharpe, que mi madre vino a mi cuarto a ver si estaba bien porque estaba riendo a carcajadas (¡con un libro!)

 

A esto es a lo que me refiero con la vida de un libro. A ese momento en que te preguntan si has leído una novela, y sabes que la has leído hace bastante tiempo, no recuerdas bien de qué iba, pero sí cómo te hizo sentir. Ese sentimiento de tristeza, de angustia, de dolor, de felicidad. Esa sensación que se te pega a la piel como si de un tatuaje se tratase, y que rememoras cuando recuerdas aquel libro, cuando lo ves en la estantería de una librería, cuando relees alguna de sus frases.

 

Y no solo eso. Sino cómo cambia en ocasiones nuestra visión de un libro meses después de haberlo terminado. Que recuerdes más algo que en su momento no te impactó tanto, que un libro que cuando lo terminaste te había fascinado semanas después descubres que no te marcó tanto como pensabas.

 

La literatura es un invento maravilloso. Nos hace desarrollar nuestra imaginación, reflexionar, altera nuestro estado de ánimo y nos ayuda a evadirnos de la realidad. Y para colmo, a veces consigue hacerlo durante meses.