Hace muy poquito que os he traído por aquí la reseña del primer libro de Domingo Villar, “Ojos de agua“. Como os expliqué, un error me llevó a escoger este libro para el Club de Lectura de Cargada de Libros, pensando que era el libro que me estaba esperando en la estantería, cuando el que ya tenía era Ojos de Agua. Gracias a este malentendido he tenido la oportunidad de leer dos novelas brillantes, y además de un autor español, que parece que ahora mismo solo se lee novela negra nórdica o americana.

 

Pues no, también hay novela negra española buena, y cada vez mejor. Negra y policíaca, que se funden en un solo género atractivo y adictivo. Espero reseñar en las próximas semanas más autores españoles de este género aprovechando el tirón que hay en nuestro país con esta temática.

La playa de los ahogados nos trae de nuevo al Inspector Leo Caldas, un policía vigués con una vida personal un tanto inestable como suele suceder con los inspectores de novela policíaca a nivel mundial. Esta novela arranca con la visita de Leo a su tío que está ingresado en el hospital, visita en la que está presente también su padre, un hombre en edad de jubilarse pero tremendamente activo con el cultivo de sus viñas. Leo recibirá a la mañana siguiente una llamada que será la que arranque el argumento de la novela: han encontrado un ahogado en la playa de Panxón. En principio no hay nada extraño, un marinero que ha caído al agua al salir a faenar, pero el cadáver indica que el pescador salió al mar un domingo, hecho nada frecuente e incluso sancionable, y el ahogado lleva sus muñecas unidas con unas bridas, lo que hace pensar en un suicidio. Hasta que se percatan de que las bridas, que además son de color verde (un color nada frecuente en dicho objeto), han sido apretadas desde fuera, desde los meñiques, no desde los pulgares donde puedes apretarlas tú mismo con los dientes. ¿Nos encontramos con un suicidio o un asesinato?

 

En torno a este punto de partida comenzará la investigación por el pueblo de Panxón, interrogando a sus gentes, visitando sus rincones, su lonja, su puerto, su playa… Domingo Villar nos trae una descripción tan atractiva que no te queda otro remedio que buscar imágenes de dicho pueblo para ubicar cada rincón en tu mente.

 

A lo largo de la investigación iremos descubriendo el carácter de los gallegos que tanto me atrajo en su primera novela. Todos son vecinos, pero aparte de verse en la lonja o compartir un café en el bar, apenas saben nada unos de los otros. O eso es lo que parece en un principio.

 

A lo largo de sus 445 páginas, iremos saltando de uno a otro sospechoso, todos con motivos aparentes, lo que hace que el suspense se mantenga hasta la última página, ya que en todo momento razonamos junto a Leo y su deducción detectivesca las razones y motivaciones de cada sospechoso, pasando de sospechar de uno a otro y volviendo a la teoría del suicidio, y vuelta a empezar. Este factor hace que no decaiga nunca el interés y que leas sus páginas de un tirón.

 

Además de la trama en sí de la investigación del ahogado, me ha parecido vislumbrar dos reivindicaciones sutiles (o no tanto) del autor, que deja caer a lo largo de las páginas del libro, sin interrumpir la trama. Una de ellas es la construcción masiva de viviendas en la zona de las costas de Galicia rompiendo con la estética de los pueblecitos costeros. Viviendas modernas, viviendas que solo son ocupadas en los veranos, por lo que no aportan apenas nada a la localidad, solo ensuciando la estética de la zona y llenando los pueblos de casas por doquier, y encontrándolos vacíos en invierno. (de ahí que la foto que os traigo de Panxón sea de los años 40, no del pueblo actualmente que está muy cambiado como se puede ver en cualquier foto por Internet)

 

Por otro lado, una pequeña reivindicación del ayudante de Leo Caldas acerca de la disponibilidad que se le solicita de su tiempo libre. Quizá en su puesto de trabajo sea necesaria esa disponibilidad, pero esta conversación se puede aplicar a cualquier otro trabajo, y seguro que más de uno nos identificamos con esta situación:

 

 

“- Una cosa, inspector.

– Dime.

– Hoy es sábado. Yo no tendría que estar aquí.

– Yo tampoco – dijo Leo Caldas.

– No me joda – resopló Estévez. – Estamos aquí porque usted ha querido.

Leo Caldas abrió los ojos para mirar a su ayudante.

– No es un capricho mío, Rafa.

– Pues lo parece. ¿No podríamos esperar al lunes.

– Ya te dije que el lunes no hay lonja.

– ¿Y qué?

– ¿Cómo que y qué?

– El marinero ese no se desintegra los días que no hay lonja. No pasaba nada por esperar hasta el lunes e ir a interrogarlo a su casa.

– Hay un muerto, Rafa, y podría haber más. El tiempo es importante. Ya lo sabes.

– Claro que lo sé. Y también es importante el tiempo de los vivos – le espetó el aragonés. – Usted puede hacer con su fin de semana lo que le plazca, pero no es justo que disponga a su antojo del tiempo libre de los demás.

– ¿A mi antojo?

– A su antojo, sí. Parece que le moleste que uno tenga vida fuera de la comisaría.”

 

Como digo, igual en según que trabajos si es necesario trabajar fuera de horas, como comenta Leo acerca de que podría haber más muertos, pero este diálogo si lo extrapolamos a un puesto de oficina seguro que a más de uno nos ha pasado. No solo tenemos este diálogo en el libro sobre el tema, sino varios comentarios de Estévez que son los que me han hecho traeros este fragmento.

 

Así como en la primera novela, me encantó el personaje de Estévez, en esta segunda ya está más centrado y no resulta tan extravagante. En esta novela me quedo con el padre de Leo, con diálogos magníficos y frases para el recuerdo. Espero que en la tercera novela de Domingo Villar también tenga peso este personaje como ha ocurrido en esta, novela por cierto que se está gestando y probablemente se publique a principios de 2012 como me ha comunicado el propio Domingo Villar.

 

Título: La playa de los ahogados
Autor: Domingo Villar
Editorial: Siruela / Policiaca (2009)
ISBN: 9788498411294
Páginas: 445
Precio: 19,90 €