Hay rasgos que nos marcan durante toda nuestra vida: una nariz más grande de lo normal, el color del pelo, nuestra estatura, nuestra forma de hablar. O nuestro apellido. En ocasiones el destino nos juega una mala pasada y crea combinaciones de apellidos de lo más ridículas. O te toca en suerte un apellido que ya de partida resulta objeto de burla para todos los que te rodean, especialmente en la infancia.

 

Eso es lo que le sucede al protagonista de La inconcebible aventura del hombre que fue otro, Édouard Pojulebe. Cada vez que los profesores pasaban lista en clase, la sola pronunciación de su apellido era motivo de risas entre sus compañeros. Ese sentimiento de vergüenza debe guardárselo, no quiere ofender a su padre por haberle legado ese apellido tan ridículo. Y eso marcará su carácter. Se convertirá en un hombre anodino, que solo recuerda haberse reído una vez, sin amistades, con una vida seria y ordenada. Y con un punto paranoico en cuanto algo se sale de esa rutina tan marcada que tiene.