Los autores olvidados gustan de renacer y darse en conocer en páginas de exquisita edición donde lectoras y lectores mantienen con gran esfuerzo un hogar de acogida para aquellas novelas que pocos se atreven a reeditar y menos aun a abrazar su lectura. Leer sin prisa es una de estas moradas.

 

Dos autoras y sus biografías han pasado recientemente por sus páginas virtuales. Margery Allingham, una de las damas de la edad dorada de la novela policial (conocida como “Golden Age” por los frikis de la novela policial), que aún mantiene una pléyade de seguidores amantes del crimen y del misterio, y Edith Wharton, escritora de relatos cortos, premiada con un Pulitzer y a la vez creadora de atmósferas y relatos inquietantes amados por los amantes del escalofrío. Es este, el mundo del misterio y del suspense, en el que grandes escritoras han pasado a la posteridad y han creado legión de seguidores que no olvidarán sus obras mientras la literatura exista, que será por siempre mientras el mundo sea mundo. Sin embargo son varias las plumas femeninas que crearon historias, grandes y pequeñas, de calidad indiscutible, que caminaron por las sendas del suspense, del misterio y el lado inquietante de las relaciones humanas, que han permanecido ocultas en esas sombras y a las que generaciones actuales recuerdan por una literatura que puede que no sea comercial pero cuya calidad es indiscutible.

 

LA DAMA ELEGANTE

 

Edmée Elizabeth Monica Dashwood nació el 9 junio de 1890 y falleció, demasiado joven, el 2 de diciembre de 1943, fue por ello una geminiana en la que la pasión por el mundo del suspense y de lo sobrenatural unido a la literatura arraigó profunda como la yedra que cubría las paredes de la casa de campo en Devonshire en la que vivió muchos años. Fue conocida en el mundo literario como E. M. Delafield y es recordada en miles de entradas de la red de redes como una escritora prolífica, de calidad incuestionable y gracias a un Diario elegante e irónico en cinco entregas sobre la vida de una mujer de la clase media alta de los años treinta. El Diario de una dama de provincias (con sus secuelas) fue – y es –, para el lector del siglo XXI, la obra literaria por la que esta mujer incomparable debe ser reconocida y nunca olvidada. Ironía y elegancia. Ingenio y una prosa inteligente y cuidada, al servicio del más viejo oficio del mundo: contar historias.

E. M. Delafield fue la hija mayor del conde Henry Philip Ducarel de la Pasture y de Elizabeth Lydia Rosabelle. Su madre, escritora también, se volvió a casar respetando la tradición de la época de que las damas de la sociedad media alta debían mantener su status social y el de su prole a través del matrimonio adecuado. La propia Delafield (seudónimo literario transmutando al inglés el afrancesado pastizal del apellido paterno, que, a sugerencia de su hermana, adoptó para su vida literaria y que se convirtió en su única identidad para el mundo) se convirtió en escritora tras la Primera Guerra Mundial en la que trabajó como enfermera. Su primera novela la escribió en 1915 y desde entonces escribió, hasta su muerte, no menos de una novela al año, decenas de artículos, ensayos y reseñas literarias.

 

Su vida literaria se inició casi simultáneamente con la obtención de la seguridad financiera y la creación de una familia que se derivó de su matrimonio en 1919 con el coronel Arthur Paul Dashwood, aburrido padre de familia que fue protagonista de los provinciales diarios de la escritora. El Diario fue a la postre una apuesta literaria, una parodia de su propia vida y la de muchas otras mujeres que se convirtieron en sus lectoras impenitentes, y que no fue muy diferente, salvando épocas, al Diario de Bridget Jones de Helen Fielding o al Sexo en Nueva York de Candace Bushnell, solo que escritos con la ironía de un P.G. Wodehouse. Los Diarios son una comedia de costumbres escrita por una escritora de oficio, clase e imaginación desbordante, y la ironía que los impregna está salpicada, para el lector atento, de desamor y frustración. La protagonista del Diario es la propia autora, y sus puyas irónicas y afiladas se dirigen al marido de la dama de provincias, aburrido, inoperante, perpetuo lector de un periódico que actúa como aislante de las relaciones familiares. Nos lo podríamos imaginar pasando los canales del mando de un televisor… si en aquellos años hubieran existido televisores y mandos para los televisores claro está. El resto de personajes que cruzan por las páginas del diario, los vecinos, el cura del pueblo, las criadas o las amigas, serán machacados por los caninos del sarcasmo y servirán para alimentar una permanente sonrisa en el lector. Su prosa cuidada y su conocimiento de las relaciones humanas condujeron a Delafield a ser considerada como heredera del lenguaje literario de Jane Austen, un orgullo sin duda para una mujer enamorada de la prosa de Jane Austen y gran especialista en la literatura de las hermanas Bronte (editó The Brontes en 1935). Delafield fue reconocida por Virginia Wolf como una gran escritora que necesitaba escribir de forma casi sobrehumana para ayudar económicamente a su familia renunciando a sus verdaderas pasiones intelectuales. Premonitoria la aseveración de Virginia Wolf a los ojos de quien se ha embarcado en la redacción de esta historia de entreguerras.

 

Son muchas las (buenas, excelentes) reseñas que lectores y lectoras, blogs y periódicos han ofrecido de las recientes publicaciones en castellano de los dos primeros volúmenes de los Diarios de la dama de provincias gracias a la editorial Libros del asteroide, una edición como siempre primorosa acompañada de la traducción de Patricia Antón; incluso puede que esta morada literaria que hoy un lector criminal invade diseccione este excepcional fresco costumbrista de las relaciones familiares y sociales, pero hoy no será ese día. Hay en la obra de E. M. Delafield otro perfil olvidado, otras historias leídas que subyugan como las que los Diarios narran pero que inquietan como los relatos de Edith Wharton y atrapan al lector criminal como las novelas de Margery Allingham, historias casi cual hijas abandonadas que han crecido en familias de acogida, historias de homosexualidad, alcoholismo, adulterio y traición, amor y sobre todo desamor, e incluso larvados sentimientos criminales que crecen, como las plantas de interior, al calor de lumbre familiar cuando son iluminados por soles que brillan más allá de los ventanales que dan al parterre.

 

Pero vayamos por partes.

 

Al Diario de una dama de provincias, su gran éxito literario publicado en 1929, E. M. Delafield llegó casi por casualidad. Sus primeras novelas eran movidas por otras inquietudes. De E. M. Delafield se dice – con criterio – que fue una mujer adelantada a su tiempo, que mientras contaba cómo una mujer, madre de familia, resolvía sus problemas domésticos estaba en realidad ofreciendo al lector la más profunda de las interpretaciones del alma humana mientras provocaba la sonrisa casi continua. Delafield se ocupó del alma y de la psicología, pero ya casi nadie recuerda que fue una mujer interesada en la perfilación criminal, una autodidacta que estudió criminología cuando ninguna mujer estudiaba criminología y que estudió e investigó los casos más apasionantes y controvertidos de la historia criminal británica mientras devoraba las novelas de detectives que otras escritoras y escritores escribían sin salir de su salón. Delafield en su cara más inquietante y criminal fue, como en sus Diarios, una escritora con los pies en la tierra, que encontraba en el crimen real más interés y emoción que en el crimen imposible cometido en una habitación cerrada. La psicología, los motivos, la sospecha… esos fueron los resortes que movían a E. M. Delafield y que le llevaron a introducirse en un mundo literario y en la compañía de otros escritores que compartían las mismas motivaciones.

 

En 1921, tras su reciente maternidad, E. M. Delafield escribe Humbug, una novela casi autobiográfica que habla de desamor y de divorcio – ¿influyo tal vez una depresión posparto como consecuencia de la indiferencia de su esposo? – que no tuvo buena acogida. Delafield se la dedicó, una más de sus ironías, a su marido.

 

EL CRIMEN

 

En 1921 Edith Thompson era una atractiva mujer de 28 años infelizmente casada y sin hijos que empezaba a verse a escondidas con un empleado de su marido ocho años más joven que ella, Frederic Bywaters, quien por amor o por deseo consideró la posibilidad de dar un nuevo futuro a Edith con la necesaria muerte de su marido (Percy). El 4 de octubre de 1922 mientras vuelven del teatro Edith y su marido, el joven Bywaters se abalanza sobre este, le apuñala y huye. La infortunada esposa grita, aunque dice a los agentes que acuden que no ha visto al asesino. Una vecina cuenta chismes a la policía, la policía revisa la habitación del galán y encuentra las cartas de amor entre ella y Bywaters. Cuando Edith Thompson es llevada a comisaría se encuentra al joven y exclama: “Oh dios, ¿porque lo hizo?, yo no quería que él lo matara”. El joven, firme, declara que es el único asesino y que Edith no sabía nada. En el juicio se leen las cartas que Edith envió a Bywaters y en las que se habla de cómo cometer un asesinato por envenenamiento y que ella ha abortado tras haber quedado embarazada del joven. Tras dos horas de deliberación el jurado encuentra culpables a los dos y son condenados a muerte. El 9 de enero de 1923 ambos son colgados en sus respectivas prisiones, él clamando por la inocencia de Edith, ella desmayada (había sido sedada) y sangrando por las piernas. Nadie practicó la autopsia que podría haber acreditado que estaba embarazada de tres meses, lo que podía haber asegurado el aplazamiento de la sentencia, aplazamiento que nunca solicitó. La opinión pública había condenado a Edith antes que el jurado, y la prensa la había retratado como una depredadora de hombres, una vampiresa de los suburbios – fue así como la calificó la escritora de novela criminal Dorothy L. Sayers en Los documentos del caso (1930) – y una Mesalina de los tiempos modernos.


 

Messalina of the suburbs (La Mesalina de los suburbios) (1924) fue la novela (¿ensayo?) más controvertida de E. M. Delafield, un libro basado en el caso Thompson-Bywaters, el único que firmó como Edmeé de la Pasture. En el libro de Delafield hay un estudio de la psicología criminal pero también un retrato de los barrios menos elitistas de Londres y de las personas y familias que los habitan, mujeres desgraciadas e insatisfechas y maridos que solo piensan en trabajar para ganar el sustento. Es una imagen opuesta a la idílica vida en el campo que la propia Delafield retrataba en sus otras novelas. El caso Thompsom –Bywaters interesó no solo a una criminóloga como E. M. Delafield, también Agatha Christie, al igual que Dorothy L. Sayers lo utilizó como soporte para la trama de una de sus novelas, en concreto la que siempre declaró que era su preferida: La casa torcida (1949). Hitchcock declaró su interés para llevar al cine este caso y fue lector sin duda de la novela escrita por E. M. Delafield. La propia Delafield afirma en aquella su primera vida literaria: “…trato de reconstruir los resortes psicológicos que han conducido, mediante leyes inexorables, a cometer un crimen…”

 

También hubo en la Golden Age una novela escrita bajo el seudónimo de Francis Iles (As for the woman, 1939) que se basó en el caso Thompson-Bywaters… pero esta es otra historia sobre la que habremos de volver más tarde.

 

ESCRITORES CRIMINALES DE LA GOLDEN AGE

 

Es a partir de 1924 y hasta mediados de los años 30 cuando el interés por las tensiones criminales que puede albergar una pareja aparentemente bien avenida ocuparán algunos de los trabajos literarios de E. M. Delafield, precisamente aquellos que no son conocidos, cuando menos no en lengua castellana. La Delafield más sobrenatural, aquella que escribió líneas cuya calidad literaria y capacidad para “inquietar” al lector nos hace recordar a Edith Wharton, escribió en 1930 el relato Sophy Mason regresa, un relato gracias a cuya lectura en una antología de misterio el lector que escribe esta reseña se comenzó a interesar, hace ya más de veinte años, por E. M. Delafield la escritora.

 

La publicación de la novela criminológica de Delafield coincide con el florecimiento de la “Golden Age”, la época dorada de los escritores de novela de detectives en Inglaterra. La propia E. M. Delafield escribe They don’t wear labels, una historia de misterio en la que los protagonistas son un matrimonio (planteamiento recurrente de E. M. Delafield) en el que una neurótica mujer sospecha que su marido la quiere asesinar.

 

En 1926 publica Jill, dedicada a A. B. Cox, escritor de novelas detectivescas, una novela que al final se convierte en “thriller” sobre una mujer liberal y feminista testigo de dos matrimonios frustrados en los que dos mujeres representan el tedio y el engaño. En 1927 escribe The Way Things Are: Laura vive en el campo con su aburrido marido mientras un admirador intenta atrapar su corazón. El cariño a su marido y la preocupación por sus hijos hace que Laura no quiera dar más pasos en su relación y renuncie al amor. Es entonces cuando Delafield se va a vivir a una vieja casa de campo en Kentisbeare, Devon, y decide ser escritora.

Anthony Berkeley Cox


 

Anthony Berkeley Cox, uno de los escritores más representativos de la edad dorada de la novela detectivesca, comienza a publicar en 1925: A family witch, una historia del absurdo en la que un lord se casa con una bruja romántica con la que no formará precisamente la pareja perfecta, y su primera novela de detectives: El misterio de Layton Course. En 1926 publica The Wychford poisoning case, una novela inspirada en un crimen real (el caso Maybrick) subtitulada Un ensayo en criminología y dedicada a E. M. Delafield en agradecimiento a las largas discusiones sobre criminología que han mantenido, y esperando que Delafield reconozca “el esfuerzo que ha realizado para sustituir el típico puzzle criminal que poco tiene que ver con la vida real por las causas psicológicas en los que se basa el interés mucho más absorbente dramas criminológicos de la vida real”. Como acertadamente ha divulgado Martin Edwards(1) en esta declaración literaria, Anthony Berkeley Cox, el tímido escritor que publicó de forma anónima sus dos primeras novelas, revela su interés en cambiar el registro criminal/detectivesco de sus novelas por una trama sin detective ni policía que no necesita del crimen real para crear tensión y suspense. El thriller psicológico como estilo literario. Un nuevo estilo en el que tal vez A. B. Cox no se sentía muy seguro y buscaba la compañía intelectual de una mujer y escritora brillante como E. M. Delafield con la que en algún lugar que hoy no conocemos y en encuentros cuya periodicidad podemos solo aventurar a sospechar, se habían producido desde 1924. Es también en 1927 cuando A. B. Cox serializa un pequeño relato criminal (The Wintringham Mystery) en The Daily Mirror. Se trata de adivinar quién es el criminal en base a las pistas suministradas. Participan muchos lectores de la novela de detectives, incluido Archibald Christie, marido de una conocida dama del crimen (¿o fue ella misma?). Cuando se edita como novela la firma con un seudónimo: A. Monmouth Platts, una referencia a dos posesiones de la familia de Berkeley Cox… Pero una novela en la que los protagonistas (Kentisbeare y Cullompton) son los nombres de lugares donde tiene su residencia E. M. Delafield. En El caso de los bombones envenenados (1929) A. B. Cox refleja en uno de los detectives de Círculo del Crimen que investiga el misterio a su aguda amiga E. M. Delafield en el papel de miss Dammers, la dama elegante “a la que nadie tiene el valor de preguntar cómo es capaz de analizar con tanta precisión en otras personas emociones que ella nunca ha vivido”. Sin duda una personalidad fascinante.

 

Es obvio que la personalidad de E. M. Delafield había seducido intelectualmente A. B. Cox. De 1927 a 1931, le dio tiempo a publicar seis nuevas novelas del detective Roger Sheringham, el protagonista de El misterio de Layton Course, a poner en marcha el Detection Club de los escritores de misterio en compañía de G.K. Chesterton y Dorothy L. Sayers, incluido el proyecto de una novela de detectives escrita por los miembros del club (El almirante flotante) a colaborar asiduamente con puzles y adivinanzas en muchos de los diarios londinenses y con historias humorísticas en Punch y The Humorist. En esos años Cox se granjeó la fama no solo de gran escritor de novelas de detectives sino también de alma de los encuentros sociales de los escritores de la Golden Age, simpático, divertido, ocurrente e inteligente, cualidades todas ellas que no ocultaban su misoginia, con la que impregnaba el personaje de Roger Sheringham. Tal vez, como le paso a Holmes con Irene Adler solo una mujer – que no era su mujer – le interesaba.

 

Si A. B. Cox era misógino, E. M. Delafield se convierte en feminista militante y tras conocer a Margaret Lady Rhondda, fundadora y editora del magazine feminista Time and Tide comienza a trabajar como articulista y editora. Lady Rhondda le solicita a Delafield una colaboración en forma de novela serializada y es en ese momento cuando nace el Diario de una dama provincial. Todo cambia para E. M. Delafield. El Diario… es un éxito absoluto. Escribe una obra de teatro (To see ourselves) que, basándose en la misma idea que sustenta el Diario… es un gran éxito. Comienza a publicar con la editorial Gollancz y se traslada a Londres (1931) a un apartamento para dedicarse a Time&Tide y a las historias de su dama provincial. Sus proyectos sobre criminología y thrillers psicológicos, si tenía alguno en preparación, deben quedar aparcados.

Es en 1931 cuando Gollannz publica Malice Aforethough: The story of a Commonplace Crime. Firma un escritor desconocido, Francis Iles. La novela se separa del crimen detectivesco que triunfa de la mano de Christie, Sayers o Allingham. Es un thriller psicológico, una historia basada en crímenes reales (el del asesino doctor Crippen y el de Herbert Amstrong), una historia de tensión criminal en un matrimonio, de un crimen común, sin detectives ni soluciones imposibles, un análisis criminológico de los que tanto gustaban a E. M. Delafield. A. B. Cox ha vuelto a publicar en 1931 con su editorial (Hodder) y se ha separado de su mujer. Si alguna vez propuso a E. M. Delafield que dejara a su marido fue rechazado por la escritora. En 1932 Cox se vuelve a casar y publica con Hodder. En el Daily Express se serializa Married to a murderer (Casada con su asesino), una nueva entrega del desconocido (o desconocida) Francis Iles que nuevamente Gollancz convierte en novela con el titulo: Before the fact: A murder story for ladies. El editor juega con el misterio, propone en la contra solapa 20 nombres de escritores y escritoras de misterio que pueden ser Francis Iles. La novela, un nuevo thriller psicológico “dedicado a las mujeres”, coincide en su éxito literario con otra obra dedicada al género femenino: la segunda entrega de las aventuras de la dama de provincias: The Provincial Lady Goes Further, un éxito de ventas sin comparación en el que Delafield narra sus vivencias en Londres, incluidas las firmas de libros de sus innumerables fans femeninas y los comentarios y comidillas literarias del año. El principal chisme fue descubrir la identidad que se escondía tras “Francis Iles”, el escritor/a desconocido/a. Y Delafield narra, con ironía, cómo un lector de su novelas acude a su hotel y pregunta, inocente, si en aquella sesión de firmas de encuentra Francis Iles.

 

Delafield seguía jugando con el misterio y el suspense. Colabora en el guión de una película que alberga un thriller psicológico de impecable factura con un párroco a lo padre Brown como investigador: The crime on the Hill (El crimen de la colina, 1933). Su nombre aparece en el Omnibus de misterio que publica Dorothy L. Sayers en 1934, en 1935 colabora en Great unsolved crimes bajo la coordinación de Dorothy L. Sayers. Delafield aporta su ensayo sobre el caso “Thompson-Bywaters”, A. B. Cox con un intrigante “Quien mato a madame x?”… y el anónimo Francis Iles con un retador “Fue Crippen un asesino?”

 

En 1936 colabora en Missing from their homes un libro de relatos sobre personas desaparecidas, con el relato My son had nothing on his mind. Junto a ella están en este antecedente de éxitos como Perdida nombres conocidos como Marie Belloc Lowdness y Antony Berkeley Cox. El periódico The Tablet reseña el libro y aplaude el relato de Delafield a quien califica como “un placer la lectura de sus tramas frías e inteligentes, en oposición a la fatuidad de los best sellers sin contenido”.

 

EL MISTERIO

 

En 1933 no hubo nueva novela de Francis Iles. Iles fue un misterio durante años (Howard Haycraft, el crítico de la novela policiaca, en 1940 todavía confesaba que no se conocía la identidad de quien se escondía tras el seudónimo). Entre 1933 y 1938 Iles publica un artículo en Argosy y reseñas de libros en Time&Tide (curioso) defendiendo por cierto en ambas publicaciones la calidad literaria de la autora de La Dama de Provincias progresa, libro que no había sido elegido, injustamente, como libro del mes por la Book Society; nuevas reseñas en el Daily Telegraph y el ensayo criminológico defendiendo la inocencia del Dr.Crippen en el Evening Standard de 20 de octubre de 1934. Crippen incorporado como seductor en sus diarios por Delafield, la apasionada por la criminología, con sagaz ironía: la dama provincial considera a Robert, su adormilado marido como “una mezcla de Don Juan, el marqués de Sade y el doctor Crippen, aunque no queremos que se sepa…”.

 

Francis Iles aparecerá como colaborador en La anatomía del asesinato (1936) un libro sobre crímenes reales coordinado por Anthony Berkeley Cox como secretario del Detection Club donde la firma Francis Iles analiza el caso Rattenbury.

 

Victor Gollancz, el primer editor de Iles, dijo que escondía la identidad de un escritor muy conocido. Durante años Somerset Maughan, Eden Phillpotts, Hugh Walpole o Marie Belloc Lowdness fueron los favoritos de los críticos, incluyendo a A. B. Cox y E. M. Delafield. Alexander Woollcott, el crítico literario especializado en novela criminal que disfrutaba descubriendo a los autores que publicaban bajo seudónimo siempre afirmó que aquellas dos novelas habían sido escritas a cuatro manos entre A. B. Cox y E. M. Delafield… y lo cierto es que mantuvo durante años una fluida correspondencia con Delafield (tan fluida como la que mantenía con Dorothy L.Sayers y Marie Belloc Lowdness) mientras ella continuaba publicando historias de la Dama de Provincias.

 

Recientemente Martin Edwards, el principal experto en la Golden Age, ha afirmado la indudable influencia de E. M. Delafield en las novelas de Cox y ha vuelto a recuperar a la luz un relato corto que publico E. M. Delafield en 1939: They Don’t Wear Labels, la historia de una mujer convencida que su marido la quiere envenenar, un retrato de psicología criminal que demuestra que Delafield nunca abandono sus dos pasiones, la criminología y la psicología criminal.

Fue en 1939 cuando Delafield publica Love has no resurrection y el aún anónimo Francis Iles As for the woman (en España publicado como Las redes del amor), una novela sobre el amor de un aspirante a escritor hacia una mujer casada y mayor que no le corresponde. La novela nunca alcanzara la aceptación de los críticos como pasó con los dos thrillers psicológicos que dieron a conocer a Francis Iles. Solo el interés de Alfred Hitchcock por llevar a la pantalla en 1941 Before the Fact creando la inolvidable Sospecha supuso un nuevo reconocimiento de Francis Iles y la confesión de Anthony Berkeley Cox el autor oculto bajo el seudónimo. Se trataba del nombre de un contrabandista lejano ancestro en su familia materna… aunque también pudo haber sido un oportuno juego de palabras (Lies – mentiras – por Iles) de los que tanto gustaban a A. B. Cox.

 

LA HIPOTESIS

 

E. M. Delafield sufrió un duro golpe en 1940 del que no se recuperó: el fallecimiento de su hijo. En ese año publica su última entrega sobre la dama de provincias y fallece, demasiado joven, en 1943. Desde 1940 A. B. Cox/ Iles no publicará ninguna nueva novela hasta su fallecimiento en 1971. Delafield se llevó al mundo literario donde comenzó a habitar junto con Jane Austen y las Bronte su pasión por la criminología y el thriller. Su dama, siempre elegante, siempre irónica y mordaz, atesoró una fama que A. B. Cox /Iles nunca alcanzó ni siquiera gracias a Sospecha.

 

El ávido lector de novela criminal adora los misterios. Que Delafield influyó en los trabajos de A. B. Cox es indudable como acertadamente ha expuesto Martin Edwards en varias ocasiones, pero, tal vez podemos ir más lejos. En 1931 A. B. Cox promueve y asume la difícil tarea de crear una novela criminal a 14 manos. El Almirante Flotante es un proyecto casi inabarcable en el que 14 escritores de novela criminal se embarcan (si se permite la ironía) para resolver un crimen imposible, y es A. B. Cox quien recibe el encargo de dar coherencia al conjunto con la redacción del ultimo capitulo. 1931 es también el año de la publicación de Malice Aforethough de Francis Iles. ¿No pudo el siempre ingenioso y galante A. B. Cox proponer a E. M. Delafield el juego de escribir una novela a dos manos? Incluso el juego de iniciar cada uno de ellos una novela que podría ir completando el otro. El seudónimo de Francis Iles les permitiría ocultar sus identidades y jugar con lectores y críticos. La idea es apasionante. Empiezan sus dos obras Malice Aforethaught sería “el crimen común” que ya en 1927 citaba Cox, un thriller escrito mayoritariamente por la mano de A. B. Cox (y que solo Gollancz conoce quién ha sido quien lo ha presentado a la editorial) con aportes de Delafield. ¿Y Before the fact? Su subtítulo (A murder story for ladies) parece un guiño al Diary of a provincial lady y un remedo criminal de las “historias para señoritas” de Jane Austen, tan querida por E. M. Delafield. Before the fact es además un término estudiado en criminología, identifica al cómplice necesario antes de la comisión del delito. ¿Nos está confesando Iles que ha habido cómplices antes de la redacción de la novela? Para este lector son pistas sagaces de un trabajo compartido y de una burla cariñosa a la literatura para señoritas aceptada por las editoriales. El triunfo espectacular de la dama provincial exigiría a Delafield una dedicación al género que la encumbraría en fama y dinero. No solo no necesitaba del éxito de la literatura criminal sino que no debería abordarla para no perjudicar su prestigio. Margaret Lady Rhondda no lo permitiría. Si empezó a colaborar en una novela a dos manos con A. B. Cox no tuvo ni tiempo ni la necesidad de abordar nuevas colaboraciones como posiblemente no lo tuvo para seguir manteniendo con el escritor aquellas interminables discusiones criminológicas del inicio de los años 20.

 

Al lector le queda la corazonada, la conjetura, la sospecha. Cree que Before the fact. A murder story for ladies (Premeditación en la edición española), la novela de la que nació la inolvidable Sospecha de Alfred Hitchcock, salió de una idea de E. M. Delafield y fue escrita, en parte cuando menos, por la dama elegante con la colaboración de A. B. Cox. Si el lector tuviera alma femenina diría que es una intuición. En todo caso es el colofón a la intriga que ya hace muchos años le produjo una escritora de la que casi nada encontraba en castellano y a la que los artículos de un siempre lucido Martin Edwards han vuelto a poner en su camino. Si la sospecha es acertada nunca lo sabré. E. M. Delafield pudo escribir Sospecha con igual o mayor criterio que el propio Anthony Berkeley Cox y si así fue este articulo quiere ser un homenaje a una época que vino en llamarse “Golden Age” en la que autores y autoras jugaban con el lector creando misterios, proponiendo crímenes y jugando a detectives. Este lector ha jugado a detective y si algún día tiene ocasión de tener una interminable discusión criminológica con la elegante E. M. Delafield mirará a la profundidad de sus tristes ojos y le preguntara: ¿Fue usted?

 

(1) Martin Edwards (1955) es autor británico de 18 novelas de detectives, e infinidad de relatos cortos y de no ficción y el actual presidente del Detection Club de Londres. Ha publicado The Golden Age of Murder donde repasa los años de la edad dorada de la novela policiaca y la vida de sus autores.