Berta Valero es una estudiante de periodismo que empieza a sentir aprietos económicos. Necesita un trabajo y lo necesita ya. Pero su juventud y su falta de experiencia hacen que recorra oferta tras oferta sin conseguir nada. A la desesperada, contesta a un anuncio para trabajar en una agencia de detectives. El día de la entrevista, a la que acude tarde y corriendo, conocerá al peculiar detective que finalmente la contratará y será su mentor a lo largo de la novela: Vicente Mejías, Mejías a secas para los amigos.

 

Ese mismo día reciben un encargo: encontrar a Armando. Será un caso fácil que a las pocas horas estará resuelto, pero al devolver al tal Armando a su propietario recibirá una nueva misión: que investigue un allanamiento de morada que lleva implícito una amenaza de muerte. El amenazado es nada más y nada menos que Arturo Dugo-Escrich, jefe un gran clan familiar colmado de Arturos. Poco a poco iremos conociendo a cada uno de los miembros de la familia, unos más amigables que otros, llegando a conclusiones a través de los interrogatorios más que a través de la investigación en sí.

 

Cuando comienzas a leer la novela no sabes muy bien en qué época se supone que transcurre. Hay ciertos retazos que te pueden dar pistas (el uso del término piercing, la aparición de un teléfono móvil, la citación de alguna red social), pero si no miras atentamente la novela podría haberse desarrollado perfectamente en los años 30-40. Todo este halo de clasicismo del género viene dado por nuestro protagonista Mejías, un extraño tipo anclado en el pasado y obsesionado con el personaje de Humphrey Bogart en sus diferentes interpretaciones en la gran pantalla. Así, nos encontraremos en un despacho desde el cual es necesario abrir la puerta con un cordel atado a la misma (ni en el telefonillo funciona la tecnología), sin ordenadores, con una robusta mesa de nogal, una puerta traslúcida con su nombre en ella, un póster de la película Casablanca, una máquina de escribir, un reproductor de vinilos y cintas VHS. Es como si el tiempo en este lugar se hubiese detenido.

 

Con todo esto, Santiago Álvarez logra el equilibrio entre una novela canónica y una actual, desterrando con este personaje casi cualquier sombra de contemporaneidad con lo que eso conlleva en una investigación detectivesca. Es un buen recurso para darle ese ambiente clásico a la novela, más influida por el cine que por la novela negra, usando diálogos de algunas de las películas de Bogart en el texto e incluso vislumbrando la sombra de alguna estrella pelirroja del celuloide en uno de los personajes.

 

Una enrevesada historia familiar completa el círculo de la trama, quizá con un exceso de documentación para el lector, pero que está bien desarrollada e hilada con la investigación. Con este compendio de elementos tenemos una buena primera novela, con una buena prosa y una buena trama. Pero para mi gusto se queda solo en buena. Me ha faltado ese toque original, ese don que hace que la novela se te clave durante días, pero hay que reconocer que eso es algo que consiguen muy pocos. La historia está dotada de una gran fluidez, y la novela se lee sola. No por simple, sino por bien construida.

 

Creo que la elección de este detective es hasta cierto punto arriesgada. Por una parte, es un personaje “cómodo” en el sentido de que puedes tomar decenas de referencias para inspirarte en un personaje así. Pero para los lectores de género más clásicos, situar un personaje de estas características en la Valencia del siglo XXI es arriesgado. Puede resultar poco verídico y más si la intención del autor es crear una serie, como es el caso. Habrá que ver por dónde avanzan los derroteros de Mejías y Berta en la próxima entrega.

 

 

Título: La ciudad de la memoria.
Autor: Santiago Álvarez.
Editorial: Almuzara (2015)
ISBN: 9788416100514
Páginas: 400
Precio: 17€
Web del autor: http://www.detectivemejias.es/
Ficha del libro en Almuzara: http://grupoalmuzara.com/a/fichalibro.php?libro=2770&edi=1