Una mañana Frank recibe una carta de su esposa. No sería algo de por sí extraño si no fuese porque la recibe en su propia casa, el lugar donde convive con su esposa y sus tres hijos. La nota es breve, tan solo unas pocas líneas para pedirle que no reciba la noticia de su marcha con amargura y que trate de cuidarse. Y sí, al parecer Nelly ha cogido a sus tres hijos y se ha ido. Frank está confuso, en la carta Nelly apenas explica nada y ni sabe dónde a ido ni por cuánto tiempo. Poco después recibe una llamada desde la estación de Brest. Sus hijos están en la estación con una cesta de ropa esperando a que alguien pase a recogerles. Pero no hay ni rastro de Nelly.

 

Sin saber muy bien cómo, Frank deberá reiniciar su vida sin su mujer. Para ocuparse de los niños y tratar de ordenar su vida contratará a Lisa, una muchacha que necesita un trabajo mejor que el que ya posee vendiendo pañuelos en unos grandes almacenes y el alojarse en su casa le hará poder ahorrar un poco más de dinero.

 

Frank Reid es un impresor de origen inglés que tiene en plantilla al meticuloso y ordenado Tviordorv. Tviordorv es uno de esos secundarios exquisitos que otorgan a la novela de un punto extra y que hacen que estés pendiente de él, esperando a cada página que Fitzgerald encuentre una excusa para introducirle, como ocurre en este pasaje:

 

Tviordov no perdía el tiempo en ordenar los tipos de los cajetines con las treinta y cinco letras y los quince signos de puntuación, ya que siempre lo dejaba preparado la noche anterior, por lo que comenzaba de inmediato con su manuscrito. Memorizaba las primeras frases, llenaba su componedor, ajustaba los espacios y le echaba un vistazo al reloj para ver cuánto tiempo había tardado en hacer todo eso y para fijar sus tiempos del día. No se trataba de un propósito inamovible. Dependía de las condiciones meteorológicas, del manuscrito, de la cantidad de palabras extranjeras que contuviera, aunque jamás del propio Tviordov. Si en algún momento del día se daba cuenta de que había puesto su último espacio unos segundos antes de lo esperado, entonces se detenía muy quieto y tranquilo, y luego, cuando el reloj marca el instante preciso, volvía a ajustar la regla. Cuando llevaba el componedor a la galera cogía las letras con tanta ligereza que parecía formar una única y sólida pieza de metal. No era nada fácil hacer eso, y los aprendices que lo intentaban por lo general se echaban a llorar. No obstante, no parecía haberse inventado un método más sencillo en los últimos cuatrocientos años para hacerlo. De esta manera, podía preparar mil quinientas letras con sus espacios en una hora.

 

A lo largo de las páginas de El inicio de la primavera, veremos cómo Frank no desiste a la hora de que Nelly pueda aparecer por la puerta en cualquier momento, cómo Lisa se convierte en el centro de sus miradas y de su deseo, cómo un intruso se cuela en su imprenta una noche con una vela y un revolver. La novela es un compendio de anécdotas y momentos con un importante punto de humor, una novela que transcurre en tan solo unas pocas semanas pero que terminas con la sensación de que te ha contado la vida entera en el Moscú de 1913.

Penelope Fitzgerald

Los personajes son brillantes, como en todas sus novelas, pero en este libro creo que queda todavía por encima la ambientación. Esa descripción de las calles, de los trineos, de la nieve, del sonido de las gentes, de las campanas de las iglesias, del color de las hojas de los árboles, el aroma de los bosques, la intensidad de la luz colándose por las ventanas de las viviendas. Es increíble cómo una historia ambientada aún en el crudo invierno ruso, con sus pocas horas de luz y sus bajas temperaturas, consigue que la termines con una sensación de calidez más propia de otras estaciones.

 

A las duras condiciones atmosféricas debemos sumar la complicada situación social de la época escogida para ambientar la novela. La autora apenas aporta unas pinceladas, pero se comenta que si un ruso especializado laboralmente abandona el país es probable que no pueda volver a entrar, o que las publicaciones debían pasar por el tamiz de los censores antes de que los impresores realizasen su trabajo. Este tipo de detalles son citados solo de pasada, pero calan en el lector haciendo que se active un resorte en nuestra mente que identifique lo que no se corresponde con la realidad de nuestro momento.

 

Penelope Fitzgerald es una escritora poco corriente. Cuando terminas sus novelas, sin pensar demasiado en ellas, observas que el desenlace rara vez tiene algo que ver con el arranque. El devenir de los hechos parece colocado por completo al azar, transmitiendo la sensación de caos compositivo y de desorden por parte de su creadora. Sin embargo, si reflexionas un rato sobre ellas, te das cuenta de lo calculado y medido que está todo. Cada suceso, cada giro, cada diálogo, está ahí por algún motivo. Y el resultado es una obra bella. Fitzgerald nos ha regalado pocas historias, pero todas ellas cargadas de una fuerza emotiva muy poderosa que es la que se aferra a tu subconsciente. Por ello, aquellos que hablan con distancia de sus libros lo hacen más con el corazón que con la mente, recordando apenas algunos rasgos del argumento, pero evocando sin problema el tipo de sensaciones que tuvieron durante su lectura.

 

Citando a la sabia Laura del blog Lahierbaroja (tengo que hacerte más caso con los libros que me recomiendas), la prosa de Fitzgerald es elegante. Consigue ese equilibrio perfecto en un autor entre conseguir una prosa sencilla y un estilo distinguido. Hace que parezca fácil componer una obra de estas características, y viendo lo que se publica día a día no es para nada sencillo lograrlo. Una delicia. Un acierto. Leed a Penelope Fitzgerald. No os arrepentiréis.

 

Título: El inicio de la primavera (The Beginning of Spring)
Autor: Penelope Fitzgerald.
Traductor: Pilar Adón.
Editorial: Impedimenta (2011)
Año de publicación: 1988.
ISBN: 9788415130123.
Páginas: 272.
Precio: 20,95€.
Ficha del libro en Impedimenta: http://impedimenta.es/libros.php/el-inicio-de-la-primavera