Es sabido desde nuestro lado del planeta que la cultura japonesa comenzó a fascinarnos a partir de los tratados comerciales que se firmaron en 1854 con Estados Unidos y Europa, que ocasionaron la llegada de objetos de arte y artesanía de Japón a occidente. Pero quizá en 1867 con la participación de Japón en la Exposición Universal de París fue cuando se produjo la verdadera explosión en los países de poniente, hasta el punto de influir de una manera decisiva en el desarrollo de algunas corrientes como sucedió con el Arte Impresionista. Buena muestra de ello fue la fascinación de los artistas por el concepto y la estética del arte nipón hasta el límite de que el mismísimo Monet se hiciese construir un jardín japonés en Giverny (Normandía) para crear sus series de nenúfares.

 

Lo que a menudo no pensamos es en el otro lado del espejo: la influencia que la cultura y el arte occidental tuvieron en Japón. Como ya os hablaba en Los crímenes del jorobado, Edogawa Rampo fue un verdadero amante de la cultura y la literatura occidental, adoptando los cánones de la novela de misterio europea y norteamericana, y logrando una peculiar simbiosis entre el terror de Edgar Allan Poe y la intriga de Arthur Conan Doyle.