Entry Island, o la Isla de Entrada en castellano, es un pequeño terruño de tierra situada en el archipiélago quebequés de las Islas de la Magdalena. Espero que nadie se ofenda por el calificativo de “terruño”, pero es que estamos hablando de un islote de tan solo 3 km de largo y 2 de ancho. Aunque cueste creerlo, en este diminuto lugar se estima que viven entre 100 y 130 personas, y Peter May además ha decidido ambientar una novela negra allí.

 

Sime Mackenzie será el responsable al cargo de la investigación y para ello se desplazará a Entry Island. Al parecer un intruso ha atacado durante la noche a Kirsty Cowell en su casa y en la confusa lucha, sin saber muy bien cómo, su marido James Cowell ha sido asesinado. Como es de esperar, la primera sospechosa es ella. Está claro que las opciones en un paraje con 100 habitantes son reducidas. Lo más extraño de todo es que Sime está convencido de haber visto antes a Kirsty en otro sitio, algo prácticamente imposible teniendo en cuenta que lleva voluntariamente recluida en la isla durante los últimos diez años.

 

Resulta peculiar la elección por parte de May del decorado para este clásico escenario de habitación cerrada: un trozo de tierra de diminuto tamaño en las tormentosas costas del este de Canadá. Un lugar en el que el único medio de subsistencia es la captura y comercialización de la langosta, actividad que se reduce a un par de meses al año. Sorprende incluso que en algún momento de la novela se nos hable de cafeterías porque imagino que las opciones de ocio en un sitio así giren exclusivamente en torno al mar y a la naturaleza. Resulta un tanto claustrofóbico, no tanto por las dimensiones del lugar sino por la ausencia de civilización entre la que recluirse.

 

Y llegados a este punto, quizá os preguntéis cómo May ha sido capaz de rellenar 480 páginas con un crimen en el que por necesidad no puede haber demasiados sospechosos ni demasiados implicados a quien interrogar. La excusa nos la dará la rota vida personal de Sime, nuestro detective. Recientemente ha finalizado su matrimonio con una de las compañeras de la investigación, Mary-Ange, lo que le provoca un severo insomnio y unos sueños perturbadores. Esos sueños le desplazarán a Escocia y a un homónimo antepasado, a las historias que de niño le contó su abuela acerca de la llegada de su tatatarabuelo a Canadá y todo lo que sufrió para poder construir en esa tierra una vida y una familia.

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Como el propio May nos confirma al final del libro, aunque la historia particular de este personaje sea ficción, todo está basado en los sucesos que les ocurrieron realmente a los primeros habitantes de origen escocés que colonizaron Canadá. Cómo desembarcaron en un nuevo mundo en el que la mayoría no era capaz de comunicarse debido a su único conocimiento del gaélico. Cómo muchos fueron obligados a emigrar expulsados de un sistema de gobierno aún feudal en el que el señor de las tierras podía hacer con sus arrendatarios lo que le viniese en gana. Cómo podía llegar a ser de infernal el viaje en barco en unas condiciones completamente insalubres y tortuosas.

 

Estos capítulos se encuentran intercalados entre la trama principal de la novela y son fácilmente reconocibles por estar escritos en primera persona a modo de diario y con un estilo mucho más directo. Y para unir todo ello, bosques, viento, lluvia, acantilados, humo de turba o estofado de guga, para que aspiremos el aroma de la tierra mojada y sintamos la humedad de la niebla en nuestra piel.

 

“El brezo era de un maravilloso tono morado oscuro y estaba salpicado de las motitas amarillas de las tormentilas silvestres, que crecían por todas partes. Al principio, después de haber dejado las montañas a nuestra espalda, al sur, el terreno se plegaba sobre sí mismo una y otra vez, y lo único que rompía aquel paisaje eran las rocas cubiertas de musgo gris que afloraban a través de la turba, o los ríos y riachuelos que, rebosantes de peces, descendían brincando de lugares más elevados.”

 

Aunque ambos hilos argumentales están bien entrelazados en el desarrollo de la novela me ha faltado un broche final que me hiciese cerrar satisfactoriamente el caso. La resolución de la investigación es quizá demasiado precipitada para una historia en la que la pausa y el sosiego son la nota dominante. El autor se recrea en las descripciones, hace elucubrar una y otra vez a su protagonista acerca de los escasos sospechosos que surgen en la investigación, y sin embargo parece tener prisa por cerrar todas las historias que ha ido abriendo a lo largo de las páginas iniciales.

 

La muerte de James Cowell me ha dejado con la sensación de ser una completa excusa para contarnos una saga familiar y cómo esas vidas influyen en sus descendientes. Y no es que sea algo negativo, pero opino que si ya en la primera página te presenta el caso y trata de enredarte entre sus páginas con esa red, debería ser más cauto a la hora de desenredarla para que no finalices las páginas del libro con la sensación de que hay algo que no te están contando.

 

En definitiva, opino que Entry Island es una novela por la que pasear, una de esas historias reposadas que te tienen en vilo durante varias horas, pero a la que le falta un par de fuegos de artificio para lograr un final un poquito más a la altura. No hablo de espectacularidad ni de trucos de chistera, sino de ese toque que hace que te quedes con la boca abierta y con ganas de más.

 

Título: Entry Island (Entry Island)
Autor: Peter May.
Traductor: Mª Cristina Martín Sanz.
Editorial: Salamandra Black (2016).
Fecha de publicación: 2013.
ISBN: 9788416237111.
Páginas: 480.
Precio: 20€.
Ficha del libro en la web de Salamandra: http://salamandra.info/libro/entry-island