Sonia Thompson es una joven periodista con mucho entusiasmo y poca experiencia. En un oscuro y frío Noviembre se instalará en Riverpool, donde acaba de ser contratada en el periódico local. Nada más llegar, recorre el lugar y trata de vislumbrar las posibilidades de Riverpool y de sus gentes. Por ello, acude directa a la decadente y conocida atracción de la localidad: un museo de cera anticuado y con poco interés, que si se mantiene en pie es debido a haberse convertido en el local de citas ilegítimas de sus vecinos. Hay que reconocerles que mal encaminados no van al escoger el lugar, ya que en el caso de que seas descubierto puedes perderte entre los diferentes muñecos de cera, o incluso fingir ser uno de ellos.

 

Aparte de ser el lugar favorito de los encuentros amorosos de los habitantes de Riverpool, sobre el museo pesa la oscura leyenda de ser un lugar maldito. Al parecer, todos los que han tratado de pasar una noche allí, por diversas causas, no han vuelto a ver la luz del sol. Todos estos ingredientes, hacen del museo un objeto perfecto para que Sonia realice un reportaje y trate de crear de paso una cierta polémica sobre el lugar antes de que se vea obligado a echar el cierre.

 

Acompañados de Sonia conoceremos Riverpool y a sus habitantes, un elenco de personajes con un montón de confidencias que esconder. La mitad de la gente de aquí esconde un secreto, y la otra mitad vive procurando averiguarlo”. Esta máxima extraída de uno de los diálogos de El museo de la muerte resume el espíritu de una novela plagada de mentiras, engaños, robos, e incluso adicción y tráfico de drogas. Tantos elementos, tantos, que quizá White no ha encontrado la medida justa.

Fotograma de “Los crímenes del museo de cera” (1953). No se trata de una adaptación de esta novela, pero en algunos fragmentos del libro las imágenes de esta película venían una y otra vez a mi cabeza.

Reconozco que inicié la lectura de El museo de la muerte con unas enorme expectativas. No sabía gran cosa sobre la novela, pero La escalera de caracol me había dejado tan fascinada que erróneamente creí que sus novelas solo podían ir a más. A pesar de no ser una mala novela, esta no alcanza la genialidad de la otra. Quizá el fallo para mí se ha debido a que se haya centrado tanto en los secretos que ocultan los personajes y no tanto en la trama criminal propiamente dicha. Algo sucede en ese museo, algo hay entre esas cuatro paredes para que nadie sea capaz de sobrevivir a una noche pasada en él, y este aspecto tan solo es explotado en el magnífico capítulo en el que Sonia decidirá comprobar qué sucede en ese lugar pasando la noche voluntariamente en él. Esta parte de la novela sí consigue la tensión narrativa y la intriga de La escalera de caracol, y ojalá la autora hubiese explotado más este particular y no otros a los que decidió otorgarle más peso. Pero, claro, eso es tan solo mi opinión.

 

Como sucedía en su anterior novela, los personajes femeninos nada tienen de débiles ni de pusilánimes. Es más, la fortaleza y la determinación de Sonia nos regala diálogos con vecinas metomentodos como este:

“—En cuanto a usted, amiguita, ¡cuánto mejor sería que se dedicase a buscar un marido en vez de quitar el empleo a un hombre! Son los hombres quienes deben trabajar para mantener a sus mujeres y a sus hijos.

A Sonia le molestó el consejo. Como muchacha recién salida del colegio y lanzada por su propio ímpetu al trabajo social, estaba resuelta a romper con todas las rutinas y era vehemente teorizadora y dogmática intolerante. Por eso dijo:

—Quizá soy de las que prefieren bastarse a sí mismas, y esa es una cuestión que a nadie más que a mí incumbe. La mujer casada se halla siempre a merced de un marido, que puede cansarse de ella en cualquier momento. Cuando ella ha perdido la juventud puede abandonarla para irse con una joven. Y, si una nueva ley no arregla las cosas, puede testar antes de morir y dejarla en la calle.”

 

Si La escalera de caracol resulta complicada de encontrar, esta lo es mucho más todavía. El título original de la novela era Wax (Cera), y con este título sí que hay algún ejemplar más. A pesar de no ser una gran novela, he disfrutado con su lectura y especialmente con la gran personalidad que White creó para Sonia. Una de las dudas que me quedan observando la cronología de la publicación de sus obras (casi todas en años consecutivos) es si sucedió algo en su vida entre 1933 cuando publicó La escalera de caracol y 1935, año de publicación de El museo de la muerte. Me temo que tan solo podría averiguarlo viajando a Gales y removiendo archivos y documentos familiares. O quien sabe, quizá algún experto en el tema esté ya investigando su vida y nos regale una biografía en los próximos años.

 

*Esta entrada pertenece al proyecto Adopta una autora.

 

 

Título: El museo de la muerte (Wax)
Autor: Ethel Lina White
Editorial: Revista Literaria Novelas y Cuentos (1951)
Año de publicación: 1935.
Páginas: 97.