Edith Wharton vino al mundo un 24 de enero de 1862 en Nueva York. Sin embargo, como ella misma nos relata en su autobiografía, sitúa el nacimiento de su identidad algunos años después, en un luminoso día de mediados de invierno cuando salió de paseo con su padre por la Quinta Avenida. Esta autobiografía, Una mirada atrás, fue escrita en 1934, una fecha ya cercana a su muerte, y sorprende la forma en que aborda la historia de su vida. Wharton fue la primera novelista en alzarse con el Premio Pulitzer y fue su nombre sonó en varias ocasiones dentro de los posibles ganadores del Premio Nobel de Literatura. Publicó más de un centenar de relatos y más de una veintena de novelas, algunos poemas y un buen puñado de ensayos. Y apenas cita alguno de estos logros. Mientras que en Una mirada atrás recorremos con ella algunos de los momentos que más marcaron su vida y su literatura de cara a la galería, en Edith Wharton. Una mujer rebelde en la edad de la inocencia asistimos a la trastienda de todos estos sucesos.

 

Wharton fue una niña con una imaginación desbordante y desde muy pequeña demostró un enorme amor por los libros. Su padre tenía una gran biblioteca que contribuyó a ello. A pesar de no haber recibido apenas una educación oficial, y que sus padres optaron por una formación abierta en la que nunca fue obligada a estudiar ninguna materia que ella no quisiese abordar, siempre tuvo una curiosidad enorme. Todos los viajes que disfrutó durante su niñez hicieron que sintiese deseos de verlo y conocerlo todo. Francia, Italia y España. Eran un momento esplendoroso en Europa, con una actividad intelectual y artística formidable.

Una jovencísima Edith Wharton.

Como broche a esta actividad, Europa vivía un momento de búsqueda de identidad. Desde las campañas de Napoleón se había instaurado una fascinación por los restos del pasado y Wharton pudo disfrutar de joyas griegas y romanas en el Louvre, de ingentes restos arqueológicos en Roma e incluso en su paso por España, en edad adulta ya, visitó las Cuevas de Altamira bajo la luz de una antorcha. Amaba el viejo mundo, la tradición que poseíamos y la forma de pensar que la Gran Guerra se llevó por delante. Nueva York estaba aún en pañales y no tenía todavía ninguno de los grandes atractivos que posee hoy en día.

 

Como decía, Wharton sentía una especie de atracción por los libros, como objetos y como fuente de conocimiento. Cuenta de cuando aún no sabía leer, se paseaba por casa con los Cuentos de la Alhambra de Washington Irving y se sentaba a leer en cualquier parte. No importaba que no entendiese lo que allí había impreso, ella tenía la capacidad suficiente para inventarse su contenido. Pasó largas temporadas encerrada en casa por su frágil salud, lo que le proporcionó largas horas de disfrute en la biblioteca de su padre. Quizá debido a ello adelantaron un año su presentación en sociedad.

 

En 1885, tras un fallido compromiso anterior con Henry Stevens, contrajo matrimonio con Teddy Wharton, 12 años mayor que ella. A pesar de que en Una mirada atrás nos habla de los maravillosos viajes que realizó con él y de la cantidad de situaciones que vivieron juntos como matrimonio, no dedica ni una sola página a hablar de Teddy en exclusiva. Suena todo más a acompañante que a esposo. En Edith Wharton. Una mujer rebelde en la edad de la inocencia sí nos hablan de lo desastroso de ese matrimonio. Ni tenían intereses en común ni se esforzaban en tenerlos, y cada año fueron distanciándose más hasta terminar en divorcio. En parte porque Teddy no encajaba dentro del círculo de amistades de Edith y en parte por las aventuras de él que ella pudo demostrar como motivo para poder divorciarse, ya que era el único modo de poder hacerse legalmente con la separación.

Henry James y Edith Wharton.

Al menos Wharton obtuvo un beneficio de ese matrimonio: debido a la delicada salud de su marido, debían pasar los inviernos en Europa y los veranos en su casa de Lenox, The Mount. Y en Europa conoció a su adorado Henry James, a Vernon Lee, a Matilde Serao, a la condesa de Noailles, a Thomas Hardy, a Jacques-Émile Blanche, a Jean Cocteau e infinidad de personalidades del mundo del arte y de la pintura. Los salones parisinos abrieron las puertas a muchos creadores y sobre todo abrieron sus mentes gracias al intercambio de ideas y de puntos de vista.

 

De lo que tampoco nos habla en Una mirada atrás, pero es de sobra conocido ya, es de su aventura extramatrimonial con Morton Fullerton, de la que sus cartas dan buena fe. A los 45 años descubrió por fin el amor, la felicidad y una pasión descontrolada. Su matrimonio hacía ya tiempo que estaba muerto y con Fullerton supo por fin lo que era amar y ser amada. Sus dos grandes amores fueron Morton Fullerton, más físico y más pasional, y Walter Berry, más amistoso y duradero a lo largo del tiempo. Con Walter Berry efectuó numerosos viajes, algunos en compañía de Henry James. Quién hubiese podido ir en el asiento de atrás de su coche escuchando todas aquellas conversaciones.

 

Quizá lo que más me ha sorprendido de Una mirada atrás fue la actitud de Wharton en el momento de estallar la Gran Guerra en 1914. Edith estaba en España de vacaciones. Al día siguiente del estallido partía para Barcelona y desde allí quería visitar Mallorca, pero no consiguió plaza en ningún barco para llegar a las islas. Todos los rumores apuntaban a que sería una guerra corta y fugaz. Pero cuando ya en Francia Wharton no fue capaz de obtener dinero de ni un solo banco, comenzó a pensar que quizá era un asunto más serio de lo que parecía. Sus planes incluían pasar el verano en el campo en Inglaterra, pero en vez de aislarse y esconderse, decidió asentarse en Francia y ayudar. Los hombres se habían ido a la guerra y muchos establecimientos habían cerrado por falta de personal. Eso ocasionaba que las mujeres y los niños no tenían medios para subsistir, y ellas tomaron el mando. Fundó por petición de la Cruz Roja un taller de costura para que las trabajadoras pudieran obtener algún dinero, organizó campañas de recaudación de fondos para hacer frente al aluvión de refugiados, coordinó la publicación de un libro de poemas y dibujos de celebridades literarias. Trabajó duro y nunca le dio la espalda a una guerra que sentía muy suya por el hecho de acontecer en su segunda casa. Ni quiera cuando se encontró muy cercana de la contienda armada huyó.

Soldados de la Gran Guerra, Edith Wharton y Walter Berry.

Edith Wharton ha pasado a la historia por sus novelas, pero tras saber un poco más sobre ella no me cabe ninguna duda de que alcanzó esta popularidad por ser una gran persona. Nunca se sometió a las convenciones, y luchó por lograr un estatus que la equiparase con sus compañeros de profesión de género masculino. Aunque vivió a la sombra de las comparaciones constantes con Henry James eso no influyó en su amistad con el escritor y su admiración por él no hizo más que crecer con el paso del tiempo. Fue una mujer que aprendió a pensar por sí misma a pesar de la educación conservadora que recibió, en la que debían primar sobre todo lo demás su belleza y sus vestidos. Comprendió muy pronto que era imposible gustar a todo el mundo y optó por no tomarse demasiado en serio la opinión de los demás.

 

Aunque en estas tres magníficas obras hay decenas de párrafos para subrayar, os dejo con uno que creo que resume las dificultades con las que Wharton se enfrentó al tratar de defender que había escogido como forma para ganarse la vida la escritura:

 

En nuestra provinciana sociedad, la profesión de autor seguía siendo juzgada como algo a medio camino entre la magia negra y una forma de trabajo manual. Sólo una generación separaba a mi padre, mi madre y sus amigos de sir Walter Scott, quien consideraba necesario envolver su identidad literaria en incontables y desatinados subterfugios, y eran casi contemporáneos de las hermanas Brontë, que morían de angustia ante la posibilidad de que alguien sospechara que escribían novelas de éxito. Pero yo estoy segura de que el principal elemento de su renuencia con relación al mundo literario era un temor reverente ante el esfuerzo intelectual que el posible contacto requeriría de ellos. En presencia de alguien que escribía o pintaba, se mostraban genuinamente modestos y apocados. Cantar era aún una habilidad de salón, y yo tenía dos gorgoriteantes primas que habían estudiado con las grandes cantantes de ópera; pero autores literarios o pintores vivían en un mundo desconocido e incalculable. Además de su atmósfera mental, sus ideas políticas y éticas podían ser contaminantes, y existían reservas hacia quienes se habían aventurado en aquel mundo y regresado de él.