En 1969 se inauguró el Embalse del Porma en la montaña norte leonesa. Los ríos Lodares, Rucayo, Arianes, Colorno, Silvan y el mismo Porma sufrían recurrentes riadas en los meses de lluvias. Para regular sus cauces, se decidió la construcción de este embalse que enterraría bajo sus aguas para siempre los pueblos de Vegamián, Ferreras, Armada, Campillo, Quintanilla y Lodares.

 

Las gentes de esos pueblos vivieron durante años con el rumor de que un embalse destruiría sus pueblos, sus tierras, la forma de vida que habían conocido. Su tradición, su cultura, su historia. Durante otros cuantos años, la sombra del embalse comenzó a alargarse, el silencio desapareció de sus vidas y todo se sustituyó por ruido de obras y por hormigón. Cuando durante tantos años sientes la presencia de la muerte mirándote desde lo lejos, crees que nunca llegará el momento en que te lleve. Pero sucedió. El embalse se inauguró y los pueblos de estas gentes desaparecieron para siempre. Gentes de campo, que siempre vivieron de la agricultura y la ganadería, gentes que solo concebían una vida a la falda de esas gloriosas montañas que les vieron nacer. Y sin más, todo eso fue arrastrado por el agua.

 

Y los muertos. Algunos optaron por trasladar a sus parientes a otros cementerios, pero la gran mayoría no querían alejarlos de sus tierras. Ya que ellos eran desterrados, que no lo fuesen también aquellos que ya descansaban en paz para siempre. Por eso fue necesario cubrir los cementerios de hormigón para que los huesos no acabasen saliendo a flote en un espectáculo macabro.

 

La gente que vive del campo tiene un apego especial por la tierra. No por la tierra material, sino por la naturaleza, por el paisaje, por lo que les da de comer y sustenta a su familia. No entienden otra forma de vida que no sea de sol a sol, con interminables jornadas de trabajo que lleven alimento a las bocas de sus múltiples hijos. El apego por los vecinos, esa gente que se convierte en tu familia, con la que compartes una filosofía de vida, una forma de pensar que los de ciudad no acaban de entender del todo.

 

Muchos son los ancianos que por necesidad deben venir los inviernos a vivir con los hijos a un piso en la ciudad, pero que en el momento que la nieve comienza a derretirse en la montaña cogen sus bártulos y regresan al pueblo en verano, a respirar esa paz que solo encuentran allí, a acallar la inquietud de su alma que necesita volver año tras año al lugar que les dio la vida.

 

¿Pero qué sucede cuando te quedas sin patria? ¿Cuando no tienes lugar al que regresar ni siquiera en verano, porque ese lugar está sumergido? Ni siquiera te queda el consuelo de que tu pueblo sea un pueblo fantasma, deshabitado, en el que puedas recorrer sus calles. La única forma que tienes de acercarte a tu casa es en barco, y sin poder ver nada por culpa del agua. Eso es lo que le sucede a Domingo y a su familia, que vivían en Ferreras y fueron desterrados de su casa. Y para colmo, a un lugar que no tenía absolutamente nada que ver con su lugar de origen.

 

Pantano-Porma

Pantano del Porma

 

Domingo no quiso volver jamás, no quiso ver agua donde debería haber casas. Y tierras de cultivo. Y ganado. Y pasto. Sus cuatro hijos sí que fueron en alguna ocasión, y hasta su esposa Virginia. Él se prometió que solo volvería una vez muerto: hecho cenizas que se diluyesen con el agua para así reposar de nuevo en su querida tierra. La novela se divide en 17 capítulos, en 17 voces y modos de ver la vida. La esposa, los hijos, los yernos, las nueras, los nietos. Uno por uno, el día en que llevan las cenizas de Domingo para que obtenga por fin descanso eterno, irán aportándonos sus reflexiones y su modo de ver la forma de sentir de Domingo. Unos de acuerdo con él, otros no.

 

La historia es sobrecogedora, consigue tener tu corazón en un puño durante toda la narración. Llamazares consigue que comprendas y compartas la visión de cada uno de ellos, tanto de los que sienten esa nostalgia que han arrastrado toda su vida, como los que consideran que hay que mirar hacia adelante y no aferrarse tanto a los recuerdos. 17 voces únicas y personalizadas, que consiguen llevarte a la montaña leonesa por unas horas, a su forma de vida, a su modo de sentir.

 

Y ahora es cuando le digo a todo aquel que no lo sepa que Julio Llamazares nació en Vegamián. Sí, repasad la lista de los pueblos anegados bajo el pantano. Pues eso.

 

 

Título: Distintas formar de mirar el agua.
Autor: Julio Llamazares.
Editorial: Alfaguara (2015)
ISBN: 9788420419176
Páginas: 190
Precio: 17,50€
Ficha del libro en Alfaguara:
http://www.megustaleer.com/libros/distintas-formas-de-mirar-el-agua/AL19176