Hacía mucho, demasiado tiempo, que tenía ganas de leer a Susana Hernández. No solo por el encanto personal de la autora, sino sobre todo por ser una de las pocas voces femeninas en el género policíaco actual. Muchos somos (sí, yo entre ellos) los que en ocasiones atacamos a las novelas de género escritas por mujeres por pecar de demasiado femeninas o demasiado sensibleras. Todo depende de qué metas bajo ese paraguas de lo que es o no es género negro. Hay montones de autoras de nuevo cuño que están escribiendo novelas que se están etiquetando de este modo pero que realmente no son negras. Quizá de misterio, quizá de intriga, pero no negras. Susana Hernández no es de ese tipo de escritoras. Ella es una autora de raza, de esas que al leerlas sabes que estás ante algo bien construido, sólido, con carácter. Por eso a ella sí podemos ponerle la etiqueta sin miedo a equivocarnos.

 

Es curioso que afirme esto por un lado, y por otro os diga que es una novela en la que prima más la historia de los personajes que la investigación en sí. Santana acaba de salir de la academia y de ser nombrada inspectora. Deberá enfrentarse a casos reales en los cuales aún no sabe bien ni por dónde empezar. Para ayudarla (o para ponerle la zancadilla, según se mire) estará su compañera Vázquez, una mujer muy diferente a ella que estará indignada por el cambio de compañero y que lo pagará con nuestra inspectora. El primer caso al que debe enfrentarse nuestra protagonista será a los asesinatos de dos chicas disminuidas psíquicas, que todo apunta a que están relacionados. Pero por algún motivo, algo no termina de encajar y de verse tan claro. Pista tras pista Santana y Vázquez irán limando asperezas y tratarán de acercar posiciones a la vez que van viendo luz en el caso.

 

Las vidas de ambas en ese momento son una vorágine de acontecimientos. Rebeca Santana tiene graves problemas de pareja en casa y los amplios horarios en la comisaría no ayudan a limar asperezas. Su pasado no deja de perseguirla, ahora incluso en forma de cámara de televisión, que quiere sacar jugo a unos incómodos y remotos acontecimientos de su vida. La situación de Miriam Vázquez tampoco es mucho mejor: está pasando por un divorcio traumático y su hija Vero tiene una aventura con un hombre mucho mayor y casado con otra mujer. Las tramas personales de Santana y Vázquez son abundantes, más aún que la narración que aborda la resolución del caso. Pero con las dosis justas, con los tiempos medidos, alternando entre una y otra historia y logrando que mantengas el interés en ambos hilos.

 

Cuando empecé a leer esta novela me prometí una cosa a mí misma: no hablar en la reseña acerca de que Santana es lesbiana y que sus problemas de pareja son con alguien de su mismo sexo. Me parecía superficial e innecesario, porque qué necesitad tenía yo de remarcar algo tan nimio como las inclinaciones sexuales de las protagonistas. Dejando de momento las grandes dosis de carga erótica que hay entre las páginas de Curvas Peligrosas, creo que es fundamental alabar el trabajo de Susana Hernández a la hora de acercar una realidad tan cotidiana como son los problemas domésticos a la órbita homosexual. Son muchos los tabúes y los prejuicios que aún se tienen hoy en día acerca de estos temas, y uno de ellos es el hecho de que no abundan los protagonistas gays, al menos en cuanto a género negro se refiere.

 

¿No existen policías, investigadores, forenses, jueces o abogados gays? Pues sí, seguro que los hay. Sin embargo no es una realidad que se encuentre a menudo dentro de las novelas policíacas. Quizá como personajes secundarios, como alguien introducido premeditamente para cubrir un perfil que se acerque a ese cupo de lectores. Pero pocos son los protagonistas gays dentro de un género que tradicionalmente ha sido tan machista y donde los roles están muy asignados. Curvas peligrosas en ese sentido es una novela valiente por abordar de frente dos temas de los que por desgracia sigue costando hablar en este país: la homosexualidad y los problemas mentales.

 

Acerca de la carga erótica que os comento, desde mi punto de vista es incluso más alta que en otras novelas del género donde la tensión sexual entre los personajes suele ser algo habitual. Aquí nos encontramos con páginas y páginas de momentos subidos de tono, tratados con elegancia y estilo, y en los que cualquiera podemos vernos identificados:

 

“Y lo fue. El sexo ansioso de sus fantasías, dejó paso a una complicidad inesperada que sabiamente mezclada con el acicate de la novedad las llevó a descubrirse poco a poco, sin reservas ni urgencias. A buscarse con los ojos, con las manos, con los labios y los cuerpos, y encontrar en cada beso, en cada embestida, y en cada mirada, mucho más de lo que habían soñado recibir. Fue una experiencia tan intensa como extraña. Hacer el amor con Malena no se parecía a nada que hubiera vivido antes.”

 

A pesar de todo esto, en Curvas peligrosas encontramos algunos fallos. Hay un par de puntos donde la trama se atropella hasta el punto de obligarte a releer un par de párrafos, pero son partes de la historia muy breves. Por otro lado, al menos en mi edición que es la de bolsillo, hay un montón de erratas. No son de las más llamativas, apenas hay faltas de ortografía, pero hay muchos fallos de puntuación y alguno de concordancia. Quizá una lectura reposada antes de imprimirla podría haber evitado esta cuestión tan molesta para los lectores.

 

Sin embargo, el balance es muy positivo. Cuando llevas tanto tiempo queriendo leer a un autor a veces las expectativas suben demasiado y la lectura se resiente por ello. En mi caso no ha sucedido así. Esta primera novela solo ha provocado más ganas de seguir leyendo a la autora y descubrir qué sorpresas nos tiene preparadas para el futuro. Promete unas cuantas horas de lectura placentera.

 

 

Título: Curvas peligrosas.
Autor: Susana Hernández.
Editorial: Odisea Editorial (2010).
ISBN: 9788415294306.
Páginas: 280.
Precio: 9,95€.