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Quien más o quien menos, alguna vez a cubierto a un compañero de trabajo. Por salvarle el pellejo, porque es tu camarada o porque es lo que se debe hacer. Frente a los tiburones, lo que procede es ser buen colega y echar un cable. ¿Eso es aplicable a todas las profesiones? Es decir, si trabajas de administrativo en una oficina, un error tuyo puede suponer más papeleo o un desembolso de dinero, pero poco más. Pero cuando de tu trabajo dependen las vidas humanas, la cosa cambia, ¿verdad? ¿O no? ¿Somos tan distintos de un bombero, de un policía, de un médico? ¿Acaso no tenemos todos malos días, problemas en casa, o un atasco de camino al trabajo?

 

Este tipo de moralidad es el telón de fondo de Cien años de perdón. El Inspector Ramos es un miserable. Pero no solo en cuanto a su personalidad se refiere. Ramos tiene una vida ruin: su esposa Beatriz se halla imbuida en las redes de una secta, su hija Leo está en plena adolescencia y solo busca salir a todas horas y provocar a su padre hasta el extremo, y Ernesto solo juega a los videojuegos siendo un fantasma silencioso que mora por la casa. Menudo cuadro. Típico sueño de un matrimonio joven: formar una familia, tener un niño y una niña, la parejita, y lograr una vida idílica hasta el fin de sus días. Claro, así de fácil.

 

Con este panorama, el Inspector Ramos se pasa las horas dedicado a su profesión, policía. Que como bien nos cuenta en el libro, no estamos en Hollywood, es decir, que se busca lograr el bien del ciudadano, pero dentro de la jornada laboral. No son esos policías peliculeros, entregados las 24 horas a la causa. Como cualquier hijo de vecino, buscan cumplir con su obligación, pero llegando a casa a cenar.

 

Un caso tras otro, un día tras otro, y tu vida va pasando delante de tus ojos. Hasta que un buen día, harto de todo lo que te rodea, te surge una oportunidad de darle una patada a todo, y cambiar de rumbo. Varios hechos encadenados llevan a Ramos a encontrar el cadáver de un anciano en su casa. El típico chiflado con la casa llena de bolsas de basura, tan loco que muere agarrado a su escopeta. Deciden peinar la casa, y descubren que las bolsas están llenas a rebosar de dinero. Miles y miles de euros. Y a Ramos se le desata la codicia.

 

Cuatro son los casos principales que nos guían por la trama de la novela. Contada en primera persona y en presente, vamos de la mano con Ramos descubriendo lo que le depararán sus buenas o malas elecciones. El uso del presente para estas tramas siempre me ha gustado: sabes que el protagonista no te está ocultando nada, porque vas dando los pasos junto a él. Descubriremos los bajos fondos de Alicante gracias a él, a su compañero Marc y a Roger, un periodista oportunista que acaba siendo su compinche.

 

Todo lo que he leído y oído es que todos centran el peso de la novela en la ética de qué harías si tuvieras ese dineral al alcance de la mano, ¿la estirarías para cogerlo? Pero yo creo que es más importante el tema de hasta dónde puede llegar el compañerismo en un trabajo como el de policía. ¿Está bien ocultar pruebas? ¿Incriminar a quien no es culpable? ¿Inducir a que la investigación se mueva hacia donde a ti te venga bien? Más que describir al gremio policíaco parece estar describiendo al gremio político. Te obliga a pensar en una doble moral: la de lograr el bien común, pero sin perjudicar a un compañero. Por el simple hecho de que mañana, puedes ser tú el que necesites que te salven el culo.

 

Quitando un par de puntos que no me han terminado de convencer, creo que Cien años de perdón es una buena novela. Ha logrado algo que hace tiempo no me pasaba con una novela negra: estar tan centrada en el personaje y su desarrollo, que no me he molestado en pensar quienes eran los culpables de los crímenes cometidos en la novela. Simplemente me ha dado igual, porque más que la trama detectivesca creo que prima más esta otra que os comento, haciéndote escoger entre lo que crees que es correcto y lo que no, en función de la tesitura en la que nos pone el protagonista. Busca tu empatía, y os aseguro que no es alguien con quien me habría sentido identificada, pero Claudio lo consigue. Te da una de cal y una de arena, para que en el fondo pienses “pobre diablo”.

 

Lo que sí me queda claro es que Claudio Cerdán tiene mucho potencial. Con ganas me quedo ahora de leer El país de los ciegos, de los que algunos comentan que es mejor aún que Cien años de perdón. Y lo mejor de todo, es que Claudio tiene 32 añitos nada más… Le queda mucha guerra que dar.

 

 

Título: Cien años de perdón
Autor: Claudio Cerdán
Editorial: Versátil
ISBN: 9788492929917
Páginas: 354
Precio: 17€
Ficha del libro en la web de Versátil: http://www.ed-versatil.com/2013/07/cien-anos-de-perdon/