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Estaba claro que a nadie le preocupaban unas niñas con la que estaba cayendo, con los cientos de muertes sin resolver que se acumulaban en la comisaría.

 

Qué difícil es a veces etiquetar una novela. Ponerle un género en el que la englobarías, darle esa denominación para que sea más fácil para los demás saber a qué atenerse. Con esta novela no es fácil. Al principio, creí que era novela negra. Durante algunos tramos, la he denominado de histórica. Y no, no es ni lo uno ni lo otro. ¿Hay algún género que defina a las novelas como novelas cargadas de dolor? Porque ahí es donde encaja esta novela.

 

Con los años había aprendido que si apretaba los ojos lo bastante fuerte las sábanas no se llenaban de humedad.

 

Madrid, marzo de 1936. ¿Os suena? El país no estaba en su mejor momento. República al poder a punto de caer. Y de repente, Margarita aparece muerta. Margarita tiene 14 años. 14 años de 1936, no de los de ahora. Margarita es una niña, espabilada, sí, pero una niña. Y la visión del cadáver es fantasmal. Pulcramente colocada, con el vestido impecable y el gesto sereno.

 

Nunca debería lucir el sol en el entierro de una niña.

 

Y le toca a un tal Julián Fierro llevar el caso, un inspector que como inspector es un verdadero desgraciado. Y es que en 1936 en Madrid no podías ser otra cosa. Aparte de eso, convive con Adela, una madre soltera con la que pasa las noches y poco más. Porque él a quien quiere de verdad es a Juanita, esa camarera exuberante  de prominentes pechos y amplias caderas, de esas que se saben deseadas y disfrutan con ello, de las que se ponen de puntillas para alcanzar algo cuando saben que la falda se subirá y alguien estará mirando tras la barra.

 

Y Fierro también tiene a su madre, que está cada día más enferma, y que no deja de repetirle que se busque una buena mujer que le cuide, y que no le permite que hable mal de su padre. Un padre que murió por héroe, idea que Fierro no soporta.

 

Y tendremos algunos personajes más, los interrogados y familiares, y uno que pesa más que ninguno: Madrid. Ese Madrid lleno de cambios, de miedo, de dolor, de sufrimiento. Ese Madrid que está lleno de miseria y en el que nadie se atreve del todo a decir lo que piensa. Ese Madrid en el que se oyen tiros en la Sierra, y de buenas a primeras desaparece un pariente o arrestan a un conocido. Alguien que vive en el Madrid de 1936 sabe que perderá a más de una de las personas que conoce, y que a lo mejor tiene que llegar a combatir con alguien con quien fue al colegio. Porque la guerra está llegando y cada vez está más latente. Y está claro que no van a combatir lo que la provocan, sino los pobres desgraciados con mujer e hijos, con madre, con amigos en el bar.

 

Y aparecerán más niñas, y Fierro no sabrá muy bien qué pensar ni por donde tirar. Y se sucederán las visitas al bar, los intentos de ligoteo con Juanita, las noches con Adela, las visitas a su madre. Y las calles, la oscuridad, la muerte, el miedo.

 

Mientras la estaba leyendo tenía una sensación rara, y es porque se me ha pegado el hastío de la novela, el miedo, el no hablar ni decir lo que piensas por miedo. Se me ha pegado al cuerpo. Y después de todo esto que os cuento, aún no sé deciros a qué género pertenece.

 

Conocí a Noemí de rebote en la Semana Negra de Gijón. No llegué a hablar con ella directamente, pero participé en varias conversaciones en las que ella estuvo. Y encima es paisana mía. No había más excusas para no buscar una novela suya. Y la conclusión final es buena. Me ha gustado. Es pausada y dolorosa, y no siempre es el tipo de novela que buscas. Pero qué buen sabor de boca deja. Porque está muy bien escrita, y la trama es lo que menos pesa después de todo. Quedaros con su nombre porque esta mujer promete.

 

Sólo pedía una noche, una sola, sin sueños.

 

Título: Al acecho
Autor: Noemí Sabugal
Editorial: Algaida
ISBN: 9788498778281
Páginas: 434
Precio: 20 €